En la Catedral de Santiago: Cuatro Obispos y más de noventa sacerdotes participan en la ordenación sacerdotal de Carlos Santana y Valentín Torres

Mayo 29, 2008

Fueron ordenados sacerdotes los jóvenes Carlos Santana, de las parroquias San Gabriel, del Ensanche Bolívar y Valentín Torres, de la Santa Teresita, de Corona Plaza, en donde presidieron su primera misa.
Estuvieron presentes Mons. Jesús María De Jesús Moya, Mons. Fabio Mamerto Rivas, Mons. Valentín Reynoso y Mons. Ramón Benito De la Rosa y Carpio, quien presidió la Eucaristía. También estuvo presente el Secretario de la Nunciatura, Monseñor—–

La ceremonia fue muy emotiva. El Coro Arquidiocesano tuvo a su cargo los cantos que motivaron la reflexión y la oración.

Los nuevos sacerdotes fueron nombrados, Carlos Santana en la Catedral y Valentín Torres en la Parroquia Nuestra Señora del Rosario, en Moca.

Parroquia San Isidro, El Rubio, San José de las Matas Bendicen e Inauguran Nuevo Templo

Mayo 29, 2008

Monseñor Ramón Benito De la Rosa y Carpio dejó inaugurado el Nuevo Templo de la Parroquia San Isidro Labrador, de El Rubio, San José de las Matas, Parroquia fundada el 28 de septiembre de 1997 por Monseñor Juan Antonio Flores Santana, quien nombró como Párroco al P. Juan Dolores Mirabal.
Los responsables de la Cons­truc­ción son:

P. Pedro Alejandro Batista Batista
P. Francisco Paulino
P. José Augusto Olivo
P. Odanis Ortiz, Vicario
P. Saulio Manuel Santiago- Vicario
P. Diego A. Tineo- Vicario

El Altar y ambón son una réplica del que existe en el Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino, creado por el Cardenal Beras Rojas y bendecido por el Papa Juan Pablo II en 1992.

El nuevo templo se abarrotó de la masiva asistencia de las comunidades de la parroquia que asistió a la solemne Eucaristía de Inauguración.

Es una expresión de amor y de fe que nos estimula a pastorear con amor la grey encomendada

En la actualidad, las comunidades de la parroquia ascienden a 38, con una población eminentemente Rural.

SAN ISIDRO LABRADOR
Nació en España en el 1070 y murió en el 1130.

Es el Patrón de los agricul­to­res. Sus padres eran cam­pesinos muy pobres, pero con buenas en­se­ñanzas cristia­nas. San Isidro nunca comen­zaba su día de tra­bajo sin antes encomendarlo a Dios y haber participado de la ce­lebración de la eucaristía. Por esas razones fue víctima de muchas acusaciones.

Son muchos los milagros que se le atribuyen a San Isi­dro, tanto en vida, como des­pués de morir. A su interce­sión se atribuyen los milagros de la olla, las dos yuntas y el pozo. Fue canonizado por el Papa Gregorio XV en el año 1630. Desde muy pronto San Isidro despertó gran fervor reli­gioso sobre todo entre la gente más humilde, de ahí que sea el patrón de los labra­dores.

En un mundo como el nues­­tro, donde sobran las palabras, hace falta hombres como San Isidro, que callan y sólo en sus obras dan su opinión.

Fiestas Patronales.
Fecha. Del 7 al 15 de Mayo.

Su actual párroco, y el vicario, dijeron que “esta es una bendición del Señor Jesucristo para todos nosotros, ya que es un lugar digno para adorar a Dios y acoger a los hermanos que manifiestan su fe en el Todopoderoso. Es el resultado de las oraciones del pueblo y el aporte, no sólo económico, sino también con horas seguidas de trabajo bajo el sol ardiente. Es una expresión de amor y de fe que nos estimula a pastorear con amor la grey encomendada a nosotros”.

Aparecida, un año después

Mayo 29, 2008

VER
Del 13 al 31 de mayo de 2007, realizamos la V Conferencia General del Episcopado Latinoameri­cano y de El Caribe, en Aparecida. Poco después, se publicó el documento conclusivo, con el parecer favorable del Papa. Desde entonces, en todo el Con­ti­nente se han desarrolla­do múltiples iniciativas para darlo a conocer, asu­mirlo y ponerlo en prác­tica. Los obispos mexica­nos le hemos dedicado dos asambleas. Las dióce­sis lo están difundiendo, cada quien con sus inicia­ti­vas y recursos. En nues­tra provincia de Chiapas, ya dimos talleres de tres días, aparte, para laicos, religiosas, seminaristas y presbíteros. En nuestra diócesis, lo estamos estu­diando por decanatos, con catequistas y servidores, encontrando gran inspira­ción para fortalecer nues­tro proceso de ser una Igle­sia autóctona, libera­do­ra, evangelizadora, ser­vidora, en comunión y bajo la guía del Espíritu.

Sin embargo, muchas personas desconocen este documento, que marcará la pastoral de la Iglesia por diez o quince años al menos. Algunos agentes de pastoral, quizá satura­dos de trabajo, no le han dado la importancia que merece. Unos pocos, ca­sa­­dos con sus esquemas mentales, lo menospre­cian; no está abierto su corazón a los caminos nue­vos por donde nos lleva el Espíritu Santo. Se consideran de avanzada, pero están muy anclados en el pasado.

JUZGAR
En el documento deci­mos: “Necesitamos desa­rrollar la dimensión mi­sio­nera de la vida en Cristo. La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estanca­mien­to y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del Continente. Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomoda­ción al ambiente; una veni­da del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza” (362).

Hay que pasar “de una pastoral de mera conser­vación a una pastoral deci­didamente misionera, … con nuevo ardor misio­nero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera” (370). “No se trata sólo de estrategias para procurar éxitos pas­to­rales, sino de la fideli­dad en la imitación del Maestro, siempre cercano, accesible, disponible para todos, deseoso de comuni­car vida en cada rincón de la tierra” (372).

ACTUAR
Son múltiples las per­so­nas y los ambientes a los que ha de llegar el Evangelio: Familias, niños, adolescentes, jóve­nes, ancianos, mujeres, medio ambiente, educa­ción, medios de comuni­cación, cultura, nuevos areópagos y centros de decisión, católicos en la vida pública, pastoral ur­bana, personas que viven en las calles, migrantes, adictos dependientes, enfermos, detenidos en las cárceles, infectados por el sida.

“¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comuni­da­des y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de ‘sen­tido’, de verdad y amor, de alegría y de esperanza! No podemos quedarnos tranquilos en espera pasi­va en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para pro­clamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en Iglesia, y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros en la cons­truc­ción de su Reino en nuestro Continente” (548). “Es un afán y anuncio misioneros que tiene que pasar de persona a persona, de casa en casa, de comunidad a comu­nidad” (550).

Se nos pide “poner a la Iglesia en estado perma­nente de misión” (551)… “no a través de evangeli­zadores tristes y desalen­tados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y acep­tan consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo. Re­co­bremos el valor y la audacia apostólicos” (552).
Por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel,
obispo de San Cristóbal de Las Casas

SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS. (ZENIT.org).- Publicamos el análisis redactado por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, a un año de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada hace un año en el santuario de Nuestra Señora de Aparecida, Brasil.
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En la comunidad de Puñal-Fátima, Santiago: Inauguran remodelación templo

Mayo 29, 2008

La Iglesia Nuestra Señora de Fátima, ubicada en el muni­cipio de Puñal, Santiago, (al suroeste de la Arquidiócesis), fue fundada hace 68 años. Ini­cialmente estaba en otro lugar al que se encuentra ahora, y es­taba dirigida en ese entonces por los padres de la Iglesia de La Altagracia. Luego fue trasla­dada a donde se encuentra ac­tualmente y donde hace 38 años se celebró la primera misa. Pertenece a la Parroquia Las Mercedes, dirigida por los Padres Carmelitas.

La Iglesia de Fátima ha sido remodelada en su totalidad, con la contribución de la comuni­dad de Puñal y sus amigos.

Del 5 al 12 de mayo de este año 2008 se celebraron sus Fiestas Patronales, y esta Co­munidad de Puñal se vio hon­rada con la presencia del Arzo­bispo de Santiago, Monseñor Ramón Benito De la Rosa y Carpio, quien confirmó un grupo de niños y jóvenes y además bendijo la remode­lación de la capilla.

Cambio Cultural y Vida Sacerdotal

Mayo 29, 2008

No podemos olvidar que nosotros, sacerdo­tes, siempre seremos consi­derados como ex­tranje­ros y forasteros en nues­tra propia patria, porque no seremos re­conocidos por el mun­do, si somos fieles y auténticos. Nosotros tene­mos nuestro cami­no de eficacia y nuestro itinerario espiritual tra­zado por el Maestro que no podemos descuidar y que siempre serán ac­tuales a pesar de mucha o poca moder­nidad.

La cruz de cada día será nuestro estandarte y el testimonio la ban­dera a ondear en cual­quier escenario donde nos encontremos, lo cual supone una madu­rez humana que debe notarse en: nuestro saber relacionarnos con los demás; en tener un espíritu de convivencia y de vida comunitaria; tener una madurez afec­tiva, que exige una for­mación clara y sólida para la libertad y una educación de nuestra conciencia moral.

Los medios que nos proporciona la Iglesia que sabe por sus años y su experiencia siempre serán pertinentes y ac­tuales y nunca pasan de moda, como son:

1.- La vida de ora­ción y de meditación diaria, que como nos dice Santo Tomás “debe ser confiada, recta, or­denada, devota y humil­de”
2.- El rezo de La Liturgia de las Horas que nos une a la ora­ción de la Iglesia a fa­vor del pueblo de Dios.
3.- La Penitencia y la reconciliación fre­cuen­te.
4.- La celebración de la Eucaristía que nos capacita para resistir las tentaciones y dificulta­des de la vida y además para que tengamos pa­sión por el Reino y así podamos “acoger y buscar a las ovejas des­carriadas para devol­verlas al redil, como lo hace el Buen Pastor”.
4.- Tener un Direc­tor Espiritual en vista a un itinerario a la santi­dad.
5.- Ejercicios Espi­ri­­tua­les y Formación permanente.

Quiero terminar mi reflexión recordando que muchas veces nos puede parecer que la historia es circular (el eterno retorno), es de­cir, que se va repitiendo lo mismo en cuanto que los hechos se mueven siempre en esa triple coordenada de ilusión, desilusión y reilusión; olvidándonos que la historia es siempre lineal, siempre hacia delante hacia el punto Omega.

Aunque es verdad que el crecimiento so­cial y personal es muy parecido al de la histo­ria de la salvación, que se va dando a través de superar crisis y que nada tiene que ver con el Mito de Sísifo del empezar de nuevo, ya que avanzamos entre caída y levantamiento, porque así ha sido nuestra historia salutis: gracia, pecado y gracia; y a veces Dios permite ruptura para desde ahí sacar un bien mayor.

Mahatma Ghandi decía que los siete pecados de la sociedad contemporánea son:

1.- La riqueza sin trabajo
2.- El placer sin conciencia,
3.- El conocimiento sin carácter,
4.- Los negocios sin moral
5.- La ciencia sin amor a la humanidad
6.- La religiosidad sin sacrificio y
7.- La política sin principios

(HERMOSA RADIO­GRA­FÍA PARA NO­SOTROS).

En la vida de la Igle­sia ha habido muc­has rupturas y a la pos­tre sale victo­rioso el bien mayor: pensemos en el carisma de San Francisco de Asís, o bien, la vida de Ignacio de Loyola.
Con eso estoy di­cien­do que no podemos perder de vista Aquel que inició la carrera en nosotros y El mismo será que la lleve a feliz término, pero ojalá que cada uno de nosotros contribuya a lo interno a hacer más transpa­ren­te la figura del Resuci­tado: Que los obispos recuerden su papel que es principalmente aco­ger, unificar e incenti­var la vida dentro de su presbiterio.

Que nosotros sacer­do­tes nos hagamos conscientes que somos una fraternidad sacra­mental cuya principal misión es mantener la unidad, el amor y la comprensión entre no­sotros y a la vez sentir­nos urgidos por el celo apostólico y la pasión por el establecimiento del Reino de Dios, para que con los laicos po­da­mos edificar la co­mu­­nidad eclesial y Cristo sea glorificado en todos los ambientes.

P. Fausto R. Mejía Vallejo

La paz es un valor para Jesús de Nazaret y Aparecida recoge esa herencia

Mayo 29, 2008

Jesús entra en este mundo con el cántico de los ángeles: “Gloria a Dios en lo alto y en la tierra paz a los humanos amados por Él”.

Y Jesús casi acaba su vida en la Última Cena con aquella palabra: “La Paz les dejo, les doy mi paz, y no la doy como la da el mundo”.

Pablo de Tarso afirma rotunda­mente: “Porque Cristo es nuestra paz, el que de dos pueblos hizo uno solo, derribando con su cuerpo el muro divisorio, la hostilidad…” (Ef. 2).

“La paz es un bien preciado, pero precario, que debemos cuidar, educar y promover todos en nuestro continente.

Como sabemos, la paz no se reduce a la ausencia de guerras ni a la exclusión de armas nucleares en nuestro espacio común, logros ya signi­ficativos, sino a la generación de una “cultura de paz” que sea fruto de un desarrollo sustentable, equita­tivo y respetuoso de la creación, y que nos permita enfrentar… las mu­chas formas de violencia que hoy imperan en nuestra sociedad”.

“La Iglesia está llamada a ser una escuela permanente de verdad y justicia, de perdón y reconciliación para construir una paz auténtica” (Aparecida No. 542).

Ya decía el Profeta Isaías: “El fruto de la justicia es la paz” (Is 32, 17).
“No hay duda de que las condi­ciones para establecer una paz ver­da­dera son la restauración de la jus­ti­cia, la reconciliación y el perdón”.

“De esta toma de conciencia, nace la voluntad de transformar tam­bién las estructuras injustas para es­tablecer respeto de la dignidad del ser humano creado a imagen y se­me­janza de Dios”. (Aparecida No. 546).

“El pueblo pobre de las perife­rias urbanas o del campo necesita sentir la proximidad de la Iglesia, sea en el socorro de sus necesidades más urgentes, como también en la defensa de sus derechos y en la pro­moción común de una sociedad fun­damentada en la justicia y en la paz” (Aparecida No. 550).

Muchos políticos y gobernantes quisieran que la Iglesia no hablara de justicia. Pero Jesús de Nazaret dijo un día: “Lo más importante de la ley: La justicia, la compasión y la fe” (Mt 23, 23).

P. Gregorio Lanz, s.j. - Parroquia San Lorenzo, Cutupú, La Vega, R. D.

Santa Sede: La crisis alimentaria, primer desafío del mundo actual. Intervención del observador permanente vaticano ante la ONU

Mayo 29, 2008

NUEVA YORK. (ZE­NIT. org).- La cada vez más extensa crisis alimen­taria es la emergencia y el de­sa­fío mayor que tiene que afrontar el mundo ac­tual, denunció el arzobis­po Ce­lestino Migliore, nun­cio apostólico y obser­vador permanente de la Santa Sede ante las Na­ciones Unidas.

Inter­vi­nien­do el pasa­do día 16 de mayo en la 16 sesión de la Comi­sión sobre Desarrollo Sos­teni­ble del Consejo Eco­nó­mico y Social, durante el debate de alto nivel titu­lado «The way for­ward», el prelado expresó en primer lugar el dolor y la solidaridad de la Iglesia por las víctimas del tifón en Myanmar y del terre­mo­to en China. «Estos de­sastres y su impacto sobre la vida humana y sobre el desarrollo soste­nible nos recuerdan nues­tra impor­tante responsabi­lidad, como líderes guber­na­men­tales, de indicar la vía a seguir para hacer fren­te a las muchas cues­tiones relativas al desa­rrollo y para encontrar medios para construir un futuro mejor», observó.

Invertir en programas agrícolas a largo plazo y sostenibles a nivel local e internacional, reconoció, «sigue siendo central para las perspectivas de desarrollo de muchas personas».

El mundo, subrayó el observador permanente, «está actualmente frente al desafío de afrontar este objetivo bajo forma de una crisis alimentaria global».

Según el arzobispo, esta crisis «revela la natu­raleza delicada e interco­nectada de la agricultura, del desarrollo rural, de la reforma agrícola, de la se­quía y de la desertización, y presenta una tarea desa­lentadora pero al mismo tiempo importante y urgen­t­e a los políticos y a la sociedad civil».
Muchos, observó, se preguntan sobre las verda­deras causas y sobre las consecuencias a medio y largo plazo de la crisis ali­mentaria y de sus tenden­cias fundamentales. En este sentido, las Naciones Unidas «tienen una preci­sa responsabilidad y tam­bién un interés de credibi­lidad en proporcionar res­puestas apropiadas con vistas a soluciones efica­ces porque está en juego la capacidad de la huma­ni­dad de proporcionar comida».

Según el arzobispo Migliore, «la crisis ali­men­taria no debería me­dirse sólo por el aumento de los costes en los mer­cados internacionales, sino también por el coste físico, mental y espiritual de cuantos son incapaces de proveerse a sí mismos y a sus familias».

Invertir en programas agrícolas a largo plazo y sostenibles a nivel local e internacional, reconoció, «sigue siendo central para las perspectivas de desa­rrollo de muchas perso­nas».

Estas inversiones «de­ben realizarse de modo que hagan frente a los precios de los productos alimentarios así como a la distribución y a la produc­ción de alimentos en el mundo, sobre todo en África».

En vista de esto, hay que continuar sosteniendo los programas que permi­tan a los campesinos pro­ducir bienes alimenticios a nivel local, así como se deben realizar mayores esfuerzos para aliviar «los aspectos negativos de las mudables realidades am­bientales y financieras».

«Las políticas agríco­las deben redescubrir la vía de la razón y de la realidad para equilibrar la necesidad de producción de alimentos con la nece­sidad de ser buenos admi­nis­tradores de la tierra –constató–. Hay que tener cuidado de hacer frente a las necesidades funda­mentales de las personas y evitar la reducción del diálogo a extremos econó­micos y medioambien­tales interesados y guia­dos por motivaciones ideológicas».

El 70% de los pobres del mundo, recordó Mig­liore, vive en zonas rura­les en las que sigue persis­tiendo la desnutrición crónica.

Este dato ilustra clara­mente que, al afrontar el desarrollo sostenible, se debe continuar concen­trán­dose «no sólo en quie­nes consumen los bienes alimenticios sino también en quienes los producen».

Desde este punto de vista, son deseables ma­yo­res inversiones a favor de los pequeños agricul­tores que les permitan aumentar la producción de modo sostenible y repre­senten «un importante elemento para hacer frente a la presencia continuada del hambre y de la desnu­trición crónicas en ciertas regiones».

Si la actual crisis ali­mentaria es una amenaza inmediata al desarrollo, denunció, la sociedad debe seguir afrontando también otros «desafíos persistentes e inminen­tes», como el cambio cli­mático, los subsidios agrí­colas dañinos, el comercio equitativo, la degradación medioambiental y la refor­ma agraria.

«A través de una ma­yor solidaridad interna­cio­nal y más preocupación por los más vulnerables en nuestras sociedades, podremos hacer frente a los desafíos inmediatos trabajando al mismo tiem­po para asegurar que el progreso de hoy sea la pie­dra angular de un ma­ñana más justo y seguro», concluyó.

Por Roberta Sciamplicotti, traducido del italiano por Nieves San Martín

En Villa Tapia: Fallece Diácono Ernesto De Jesús Moya

Mayo 29, 2008

Nació en Sabana Angosta, Villa Tapia, un primero de enero del 1922. Hijo de Colasina Moya y Gil de Jesús. Proviene de una familia de 16 hermanos, de los cuales han fallecido 9: Casimiro, Carlixta, Ercilio, Evarista, Ramón, María Petronila, Félix y Ernesto. Sobreviven: Angélico, Tranquilo, Norberta, Juana, Jesús María, Juan Francisco, Virgilio.

Conoció en su misma comunidad a la joven más bella que sus ojos habían visto, él mismo lo decía: -”Chicha era bonita”. Contrajo matrimonio el día 28 de junio del 1947 y fruto de esa unión na­cieron 12 hijos, los cuales todos sobre­vi­vimos: Juana, Ángel, Tobías, Plinio, Juan, Williams, Nieves, Maritza, Elmi, Griseida, Lisette y José Luis.

Fue a la Escuela poco tiempo, lle­gando solamente a un escaso tercer cur­so, pero a través de sus habilidades para la lectu­ra, su interés y su inteligencia, adquirió co­no­ci­mientos igualándose al mejor universitario con diferentes diplo­ma­dos, llegando a ser un autodidacta. En esa época fue el único agricultor que perteneció a la junta de directores de la hoy Pontificia Univer­sidad Católica Ma­dre y Maestra, posi­ción que abandonó por falta de recursos económicos.

Fue ordenado diácono permanente en la parroquia San Rafael Arcángel de Villa Tapia, el día 24 de Octubre del 1975, por el representante de Su Santi­dad, el Nuncio Apostólico Grabely, ejer­ciendo el diaconado por 33 años, hasta el final de sus días.

Se estrenó como diácono en el Ru­bio, San José de Las Matas, celebrando su primer matrimonio el 27 de febrero del 1976.

Cuando se elegían a las perso­nas por sus valores morales, fue elegido como fiscalizador del 1982 al 1986.

Estamos viviendo una época en que lo material se ha convertido en lo más importante. Se encontró un escrito de mi padre que quisimos sirva de mensaje para aquel que cree que lo material es imprescindible, él decía:

“El dinero es un factor preponderante de nuestra vida, resuelve muchas situa­ciones, pero no siempre permite comprar aquello que en oportunidades constituye nuestro más profundo deseo”. Poniendo algunos ejemplos: nos da la comida, pero no el apetito; el lujo, pero no la be­lle­za; una casa, pero no un hogar, el remedio, pero no la salud; la conviven­cia, pero no el amor.

Siempre vivía inquieto y comentaban que él quería dejarle a sus hijos bienes materiales y que no pudo y yo le dije a él y a mami que no se preocuparan, que ellos nos habían dado el regalo más her­moso, llamado formación cristiana y va­lo­res humanos, que no había mayor riqueza que no hacerle daño a la gente.

Su lucha constante por la igualdad, la repartición equitativa de la riqueza, la jus­ti­cia social y la falta de paz entre todos los seres del universo, esa era su mayor preocupación.

Pronunciando sus últimas palabras, minutos antes de morir, dijo que sólo sentía irse dejan­do cómo los políticos se maltrataban uno al otro y no pensaban en el país ni en los pobres y cómo la igno­ran­cia, la miseria y la maldad estaban des­truyendo a la República Dominicana.

Hay frases que no podemos olvidar de nuestro padre y que siempre las apli­ca­remos en nuestras vidas y queremos compartirla con ustedes. El tenía mu­chas, pero elegimos ésta: “Ser cristiano es sufrir el dolor aje­no”. El amor al prójimo fue el estandarte que caracterizó a nuestro papá.

Hay hombres que luchan un día y son buenos, hay otros que luchan mu­chos días y son mejores, hay otros que luchan muchos años y son muy buenos, pero los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles, entre estos hom­bres se encontraba don Ernesto De Jesús Moya.

Hasta siempre Papá.
Ora Marquez, en sus 13 líneas para vivir, en la 9 específicamente: QUIZAS DIOS QUIERA QUE CONOZCA MU­CHA GENTE EQUIVOCADA ANTES DE QUE CONOZCA A LA PERSONA ADECUADA, PARA QUE CUANDO AL FIN CONOZCA A ESA PERSONA SEPA ESTAR AGRADE­CIDO.

Y agradecidos hemos de estar porque no necesitamos conocer a esas equivoca­das ya que fuimos afortunados al cono­cer a un ejemplo de sociedad, un ejem­plo de vida. Conocimos al hombre que el mundo necesita, porque el mundo nece­sita:

• Hombres que sean sinceros y hon­rados en lo más íntimo de sus almas.
• Que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde.
• Que no se vendan ni se compren.
• Que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos.

Todas estas cualidades se encerraron en un ser, un ser amado por todos, un ser que dio de comer quizás teniendo ham­bre, un ser de amor, un ser que quizás no era perfecto, empero fue lo más cercano a la perfección, que como hombre he sido digno de conocer.

En especial, tengo que sentirme afor­tunado y también todos aquellos que com­partieron con él, porque conocimos un luchador, con ideas que son el arma más poderosa que un hombre pueda po­seer; que alcanzó la grandeza porque sólo la alcanza quien cuida de los peque­ños detalles, y nunca los olvidó.
Hoy sabemos que descansa en paz, que está junto a nuestro Padre, ejemplo materno; que desde el más allá nos mira y se siente satisfecho por su obra; que su nombre se eleva porque, como dijo Ma­nuel del Cabral: -hay muertos que van subiendo cuanto más su ataúd baja… y sabemos que nunca olvidaremos a quien aún no estando físicamente, podemos se­guir imitando, pues sus ideas ahora pasan a ser raíces, raíces que hundidas… dan frutos al ala.

Seguiremos tu ejemplo y hasta siempre.

Monseñor José Sánchez: Las leyes de inmigración deben respetar la dignidad de la persona. Por delante de cualquier otro interés, aclara el obispo español

Mayo 29, 2008

MADRID. (ZENIT. org).- Monseñor José Sánchez, obispo de Si­güenza-Guadalajara, pre­si­de actualmente y por segunda vez la Comisión de Migraciones de la Con­ferencia Episcopal Espa­ñola (la presidió desde 1988 hasta 1993). Fue nombrado miembro del Consejo Pontificio para los Emigrantes por su Santidad el Papa Juan Pablo II el 30 de enero de 1995 y es también Presi­den­te de la Comisión «Pas­toral de las Migracio­nes» del Consejo de Con­ferencias Episcopales de Europa (CCEE) desde el 3 de noviembre de 2006.

Su nombre saltó hace unas semanas a la actuali­dad por atribuírsele ciertas críticas a la propuesta de un «contrato de integra­ción» para los inmigran­tes. El prelado aclara que sus críticas no se dirigen a una ley en concreto, sino en general a la legislación occidental sobre inmigra­ción: «mientras no me de­muestren que las leyes de inmigración, llámense con­trato, regulación o como sea, nacen de ante­po­ner la persona con sus dignidades y derechos a todo otro interés, sea polí­tico, partidista, nacional, de grupo o de bloque, todas las leyes, da igual quién las haga, nacerán con el mismo corte: todas serán de carácter restric­tivo, defensivo y coyun­tural».

Según monseñor Sán­chez, la inmigración es para la Iglesia «una gran oportunidad»: «una opor­tu­ni­dad de enriqueci­mien­to y de rejuvenecimiento, de experimentar lo que es la Iglesia, que lo que la doctrina proclama, «Igle­sia universal y católica», sea realidad en cada pueblo».

–¿Qué actividades lleva a cabo la comisión de Migraciones que usted preside?
-Monseñor José Sán­chez: La comisión que presido no tiene carácter ejecutivo, ni tiene atribu­ciones por encima de la Conferencia Epis­co­pal en la que está integra­da. (…) nosotros somos un orga­nis­mo de ayuda, de infor­mación, de sugerencias, de anima­ción, de puesta en común. Estamos pre­sen­tes en esta problemá­tica para ayudar a la pas­toral de las dióce­sis en ese aspecto. Y fren­te a la opi­nión pública te­ne­mos una voz que pro­nun­ciamos, cuando llega el momento, siempre bajo la autoridad de los orga­nis­mos de la CEE, es de­cir, la Presi­den­cia, el Co­mité Ejecu­tivo, la comi­sión Perma­nente y la Ple­naria. El nuestro es un cometido de trabajo, y no de tomar determinaciones.

–A grandes rasgos, ¿cómo se puede definir la postura de la Iglesia en torno a la inmigra­ción? ¿Apertura frente a seguridad? ¿Lo más im­portante son las perso­nas? ¿Las leyes deben ser más o menos res­trictivas?

-Monseñor José Sán­­chez: La postura de la Iglesia en esta cuestión viene definida por la Sagrada Escritura, incluso en el Antiguo Testamento. El trato que manda la Ley de Moisés, los profetas y toda la tradición del pue­blo de Israel con los inmi­grantes extranjeros es para nosotros un precedente, que después se concreta en la actitud de Jesús de Nazaret.

Jesucristo incluía a los extranjeros junto a la atención a los enfermos, a los pobres, a los encarce­lados, etc., en el catálogo de los comportamientos por los cuáles seremos juzgados (Mateo, 25). El trato que él tuvo con los extranjeros con los que se encontró en vida, y lo que dejó determinado en la Iglesia, que aparece en Pentecostés, establece una Iglesia en la que no  hay extranjeros. Ése es el pa­radigma, el modelo en el que se encarna la actitud de la Iglesia a lo largo de los siglos con extranjeros e inmigrantes.

Luego, el modelo se ha ido concretando en la Doctrina Social de la Igle­sia, que tiene una tradi­ción ya muy rica con los precedentes de León XIII en el siglo XIX, y espe­cial­mente en las encíclicas sociales del Concilio Va­ticano II. Posteriormente se ha desarrollado como un espacio dentro de esa Doctrina Social, que bajo el epígrafe «emigrantes, inmigrantes, itinerantes» aborda el mundo de la movilidad humana.

Para ellos la Iglesia pide en primer lugar un trato especial dado que su condición es especial, de manera que no puedan ser discriminados o inferior­mente atendidos con res­pecto a la población esta­ble en cuanto a los servi­cios de las parroquias, las diócesis, etc. Es decir, hay que crear estructuras para atender a la persona don­de­quiera que esté. La pas­toral de migraciones nace de la necesidad específica de crear estructuras, ser­vicios y agentes que atien­dan a las personas en su condición específica de no tener un lugar permanen­te.

De ahí se deducen varios principios: En pri­mer lugar, que la persona con sus derechos funda­mentales está antes que la economía y que los intere­ses particulares de los Estados o de los bloques. En segundo lugar, que los bienes de la Tierra están al servicio de todas las personas, y por lo tanto es necesario compartirlos.

En tercer lugar, que toda persona tiene dere­cho a emigrar, es decir, a salir de su casa para me­jorar su condición o la de su familia, pero también, y esto es fundamental, tiene derecho a no tener que emigrar por necesi­dad, con lo cual, es obli­gación de los Estados garantizar la capacidad de cada uno de poder desa­rro­llarse en su propio país.

Otro principio muy importante en la pastoral de las migraciones y en el comportamiento de la Iglesia es que en la Iglesia no hay extranjeros. La Iglesia es la casa de todos, y por lo tanto, la acción de la Iglesia no puede estar limitada exclusivamente a la «clientela», hablando en términos comerciales: a la gente del mismo territorio, de la misma lengua o incluso de la mis­ma fe. El ámbito del servicio de la Iglesia es toda persona humana.

–La inmigración es un desafío, un problema, pero ¿es también una oportunidad?
-Monseñor José Sán­chez: Evidentemente es una oportunidad. Nuestra sociedad se está enrique­ciendo con su trabajo y sus energías, con su ju­ven­tud y con su cultura, que en algunas cosas será inferior a la nuestra pero en otras cosas será supe­rior.

En la Iglesia, ellos ofrecen otra forma de expresarse, otra forma de celebrar la fe, como los católicos orientales o los que provienen de países africanos. Esta es una oportunidad de enrique­cimiento y de rejuvene­cimiento, de experimentar lo que es la Iglesia, que lo que la doctrina proclama, «Iglesia universal y cató­lica», sea realidad en cada pueblo.

Es la oportunidad de experimentar lo que es ser el Buen Samaritano que acoge al otro, la oportu­ni­dad de vivir el ecumenis­mo en cada parroquia, de poner en marcha el diálo­go interreligioso. Es una oportunidad para relacio­nar­nos de forma distinta con el Islam, con el que hemos estado permanen­te­mente en conflicto… Tenemos que darnos cuen­ta de que es una gran oportunidad, y no solo un problema contra el que tenemos que defendernos.

Por Inmaculada Álvarez

«El arte de ser feliz» Según Ignacio Larrañaga Habla el fundador de los «Talleres de Oración»

Mayo 29, 2008

MADRID. (ZENIT.org).- El padre Ignacio Larrañaga, sacerdote francis­cano, capuchino, fundador de los Ta­lleres de Oración, que han beneficia­do a más de diez millones de perso­nas, es uno de los maestros del espí­ritu de estos inicios de milenio.

Autor de más de una docena de libros que han sido traducidos a más de diez idiomas, ha tenido una enor­me influencia con su pedagogía que vincula la oración con la vida concre­ta, especialmente, con la vida de matrimonio.

Es autor de uno de los libros de espi­ritualidad de más éxito en estos momentos, «El arte de ser feliz» (LibrosLibres), que ya ha llegado a su séptima edición, con el que preten­de ayudar al hombre moderno a salir de su angustia y encontrar la feli­cidad.

Así lo explica en esta entrevista este misionero, cuya obra, con reco­nocimiento pontificio, se ha extendi­do por todos los continentes.

–¿Es posible que el hombre sea realmente feliz?
–Padre Larra­ña­ga: Aunque mágica, la palabra felicidad no deja de ser una palabra equívoca. En rea­lidad nadie es feliz, completamente feliz. Puede haber momentos de éxta­sis o exaltación y en esos momentos parece que se ha llegado a la plenitud de la felicidad; pero ¡vana ilusión!, son momentos efímeros, fugaces. Puede haber ráfagas de felicidad, copas de alegría, pero ¿la’ felicidad misma? No. Lo que aborta la felici­dad es el sufrimiento, y aquí pode­mos establecer una ley de proporcio­nalidad; cuanto más sufrimiento, menos felicidad; cuanto menos sufri­miento, más felicidad. «El arte de ser feliz» enseña a eliminar o aminorar cualquier sufrimiento y, por este camino, enseña no a ser feliz, pero sí a ser más feliz. He ahí el arte. 

–Un hombre que sufre enfermedad o dolor físico, ¿puede ser feliz?
–Padre Larra­ña­ga: Se puede decir que cualquier dolor corporal ya ha sido eliminado con las medicinas modernas. Pero, ¿y la enfermedad? El problema de la enfermedad no es la perturbación biológica sino la resistencia mental que tiene la an­gustia. La angustia es el peor aguijón de la enfermedad. Un enfermo inun­dado de una gran paz es un enfermo feliz. 

Este libro enseña precisamente eso: arrancar a la enfermedad su peor aguijón que es la angustia. Transfor­mar la enfermedad en la «hermana enfermedad» y hacer del enfermo un «enfermo feliz». He ahí el arte. 

–Hoy en día vivimos pensando en tener éxito ¿Cómo prepararnos para aceptar el fracaso?
–Padre Larra­ña­ga: Es verdad. Estamos inmersos en una sociedad excesivamente competitiva en la que el más fuerte, el más audaz, el más creativo se lleva la palma en una lucha sin cuartel. Por todos partes se oye el grito romano «ay de los venci­dos», es decir, «ay de los fracasa­dos». En esta sociedad no hay lugar para los fracasados; ellos son elimi­nados con crueldad y sin compasión. Usted me pregunta: ¿cómo aceptar el fracaso sin derrumbarse? Franca­mente no lo sé; o mejor, lo veo impo­sible. Tal vez, tan sólo en el espíritu de fe y abandono en Dios, podría sua­vizar el golpe y ayudarlo a mante­nerse de pie. Sin fe es inevitable caerse de espaldas, hecho pedazos.

–Hay gente que cree que el hombre se tortura con angustias y obse­sio­nes porque piensa dema­siado.
–Padre Larra­ña­ga: No porque piensa demasiado sino porque da vueltas en su mente, e inútilmente, a hechos consumados y episodios tris­tes. Y de tanto dar vueltas en su cabeza a sucesos tristes de la vida, las personas se hacen temperamental­mente tristes. Los hechos que no tienen solución o la solución no está en nuestras manos ¿para qué darles vueltas en la mente? Hay que dejarlos en manos de Dios.

–¿Por qué cree usted que tenemos tanto mie­do a que los años se nos pasen y la muerte nos sorprenda sin haber vivi­do? ¿Cuál es su respues­ta a los que temen la muerte?

–Padre Larra­ña­ga: Es un senti­miento hondo, casi siempre incons­ciente pero real: se les van pasando los años y están aproximándose al ocaso de la vida. No les falta nada. Por tenerlo todo, hasta tienen salud fisica y mental, pero están dominados por la sensación de que les falta todo. Si les preguntamos por la razón de su vivir, responderán que no la tienen. Es el vacío, la oscura sensación de que se les va la vida sin haberla vivi­do. Su existencia no ha sido gratifi­cante. ¿Respuesta a los que temen la muerte? No es fácil responder. Es un fenómeno de gran complejidad. Ese temor, para los que no tienen fe, participa del «horror vacui», horror al vacío. Desde luego es un temor irra­cional: se debería pensar mil veces en la ley universal de que lo que comien­za, acaba, ley respetada por todos los seres de la creación, excepto por el hombre.

–Al igual que apren­de­mos a leer, escribir… ¿tenemos que aprender a ser felices? ¿Depende de nosotros o de las cir­cunstancias que nos toque vivir?

–Padre Larra­ña­ga: En la época prehumana, los animales no se hacían problemas para vivir. Todos sus pro­blemas los encontraban solucionados mediante mecanismos instintivos con los que resolvían, casi mecánicamen­te, sus necesidades elementales. Los animales no pueden ser más felices de lo que son. No tienen problemas. No se aburren. El hombre, en cam­bio, desde que sale a la luz, todo son problemas: tiene que comenzar a res­pirar, alimentarse, a andar, a hablar… y así, a lo largo de los años, y hasta la muerte, su existencia es un eterno aprender a vivir y ser felices. Es ver­dad que hay personalidades genética­mente proclives a la tristeza, otras a la alegría. También es verdad que ciertas circunstancias de la vida pue­den favorecer u obstaculizar la dicha del vivir. Pero es el lector mismo quien tiene que poner en práctica los medios de autoliberación que el libro entregará y, en un proceso de progre­siva superación del sufrimiento hu­ma­no, avanzar paulatinamente hacia la tranquilidad de la mente, la sereni­dad de los nervios y la paz del alma.

–En la actualidad dis­ponemos de muchos me­dios materiales, avances tecnológicos… pero la gente parece más indivi­dualista, nerviosa, dis­persiva, en una palabra, menos feliz. ¿Tendremos que huir a una isla de­sier­ta para ser felices?

–Padre Larra­ña­ga: Efectiva­men­te, la sociedad moderna es ase­sina, digamos así, porque acaba por desintegrar lo más sagrado del hom­bre que es la unidad interior y la esta­bilidad emocional. Y por ahí sobre­vienen la dispersión, el estrés, y po­demos aproximamos peligrosamente hacia la depresión, y todo esto en medio de la sensación generalizada de desasosiego. Para salvamos de una sociedad tan desestabilizadora no necesitamos retiramos a una isla soli­taria. Pero tampoco se nos va a rega­lar la dicha de vivir como un presente de Navidad. El lector tendrá que so­meterse a un próceso de autolibera­ción siguiendo las pautas del libro.

–Usted da mucha im­portancia a la oración, ¿necesita de ella para vivir con alegría?
–Padre Larra­ña­ga: Pienso absolutamente que el trato de amistad y la relación personal con Dios favo­rece enormemente, casi decididamen­te, la libertad interior, la ausencia del miedo y la alegría de vivir. Además sospecho que la oración y la actitud de abandono son el único camino de la paz profunda. De todas maneras pienso que los golpes rudos de la vida nos despedazarán inevitable­mente si Dios está totalmente ausente del corazón.

–Y si no tienes fe ¿pue­­des ser igualmente feliz?
–Padre Larra­ña­ga: Comprendo que puede haber hombres y mujeres completamente agnósticos e igual­men­te felices. Pero esto por excep­ción. El hombre, sin fe, tiene que sentir un gran vacío, allá, en la última soledad del ser, en aquel pozo infinito que sólo un infinito puede llenar. En todo caso, todas las reflexiones y orien­taciones que entrega «El arte de ser feliz» van dirigidas a los que no tienen fe o la tienen débil.

Por Lidia González y Teresa de Diego

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