Camino en Haití: De aquel lado del Río Masacre encontramos un pueblo hospitalario, trabajador y lleno de esperanza
Mayo 19, 2008
Con motivo del día del trabajo los empleados de Camino y Cáritas planearon un viaje a Haití, un intercambio cultural con nuestros más cercanos vecinos. Los que nos animamos a la aventura jamás nos imaginamos que a pocos kilómetros de nuestro país existía unas de las maravillas mundiales declarada por la ONU en 1992 como Patrimonio de la Humanidad: El Palacio de San Souci y la Citadela, donde se vivió una historia sangrienta llena de amor y fuego que determinó en parte el destino de Haití y que a pesar de ser el más pobre de América Latina tiene una riqueza enorme en tradiciones, leyendas y monumentos históricos.
Para muchos de los compañeros de viaje su motivación era sólo un paseo, para conocer y compartir con sus compañeros de trabajo y una oportunidad de tomar fotografías, Pero cuando la lectura, la investigación se unen y son parte importante del viaje, éste se convierte en una aventura.
He aquí la diferencia entre ver y mirar y es que mientras que ver es exclusivamente quedarse con lo superficial de las cosas, mirar es tomar parte del objeto, de su propia alma, de su interior.
Por lo tanto, mirar es sentir, es emplear nuestra alma, y eso es algo que pocas veces hacemos.
Después de alguna tardanza en las aduanas, tanto de República Dominicana como de Haití, emprendimos nuestra aventura.
La primera parada sería en Milot, en el Palacio de San Soucí, después de mucho trotar recibo el choque en mi mirada” el Palacio de San Souci, La Catedral de Milot ¡Qué maravilla!, por algo está clasificada dentro de las siete maravillas del mundo.
El subir por las escalinatas, caminar silenciosamente por los pasillos de esa majestuosa obra, tocar sus muros construídos por esclavos, mirar el paisaje, me esforzaba por leer la mente y tratar de meterme en las andanzas, creencias y desventuras de los personajes de aquella historieta que mi padre leía por los años 75- 80 titulada Fuego “Su Majestad Negra” y que divulgaron en Latinoamérica la historia del Palacio de San Soucí y la La Citadelle.
La visita a San Souci es revivir los paisajes de ensueño, e imaginar hombres a caballo, cuerpos esculturales, conspiraciones, líos familiares y enredos amorosos, y ver a Henri I Creistofe paseándose por los frondosos jardines de un palacio llamado San Soucí -que él mismo construyó-, rodeado de soldados, nobles y esclavos y que en unas de las entradas al palacio está la estatua de su esposa María Luisa, que hoy se conserva.
¿Cómo me podía imaginar, que fuego “Su Majestad Negra” casi toda, era cierta? ¿Que Henri, su principal protagonista, fue un hombre de carne y hueso que gobernó Haití a partir de 1807 y que en 1811 se proclamó emperador del Reino del Norte?
¡Qué agradable ha sido descubrir esa historia real, que para mí era ficción! Pero lo que no puedo perdonar es que todo pasaba a mi lado, a menos de 200 kilómetros.
Nuestra aventura siguió hacia la ciudad de Cabo Haitiano. Al entrar a la ciudad, delante de nosotros los Munistach o popularmente los “Come Chivo” no sé si intencional o por pura casualidad. Nos escoltaron todo el malecón hasta llegar a la Plaza Mayor, donde se encuentra el Arzobispado, la Delegación, y la Catedral donde, según la leyenda, fue sepultado en vida dentro de su oratorio, el obispo Capuchino Corneo Breille, duque del Anse, confesor de Henri Christophe. Había sido condenado a morir ahí, al pie de una pared recién hecha, por el delito de quererse marchar a Francia conociendo todos los secretos del rey, todos los secretos de la Ciudadela.
Al final del día, para nuestro descanso, tuvimos la acogida de las Hnas. de la Encarnación en Jakzil en la casa propiedad de la Diócesis de Fort Liberté que se dedica a la acogida de grupos de jóvenes, religiosos y laicos para su formación.
El ultimo día, domingo, recorrimos el pueblo de Fort Liberté, las ruinas del Fuerte de la Navidad, fortificación defensiva que constituyó el primer asentamiento construído por los españoles en el continente americano. Tras encallar el 24 de diciembre de 1492 la Santa María, una de las tres naves con que Cristóbal Colón navegaba por las costas caribeñas durante su primer viaje, Recibió el nombre de Fuerte de Navidad por haber sido fundado el día 25 de diciembre de 1492.
De paso nos acogió en su residencia Monseñor Chibly Langlois, obispo de Fort Liberté, quien compartió con el grupo algunas experiencias de su trabajo con el pueblo haitiano y nos motiva a seguir aunando lazos con nuestros hermanos vecinos.
Un cariño especial nació ese día por nuestro sufrido y mal promocionado vecino país, cuyos encantos están reservados para quienes se acercan dispuestos a descubrirlos en medio de las precariedades y la desesperanza de su gente.
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