«El arte de ser feliz» Según Ignacio Larrañaga Habla el fundador de los «Talleres de Oración»

Mayo 29, 2008

MADRID. (ZENIT.org).- El padre Ignacio Larrañaga, sacerdote francis­cano, capuchino, fundador de los Ta­lleres de Oración, que han beneficia­do a más de diez millones de perso­nas, es uno de los maestros del espí­ritu de estos inicios de milenio.

Autor de más de una docena de libros que han sido traducidos a más de diez idiomas, ha tenido una enor­me influencia con su pedagogía que vincula la oración con la vida concre­ta, especialmente, con la vida de matrimonio.

Es autor de uno de los libros de espi­ritualidad de más éxito en estos momentos, «El arte de ser feliz» (LibrosLibres), que ya ha llegado a su séptima edición, con el que preten­de ayudar al hombre moderno a salir de su angustia y encontrar la feli­cidad.

Así lo explica en esta entrevista este misionero, cuya obra, con reco­nocimiento pontificio, se ha extendi­do por todos los continentes.

–¿Es posible que el hombre sea realmente feliz?
–Padre Larra­ña­ga: Aunque mágica, la palabra felicidad no deja de ser una palabra equívoca. En rea­lidad nadie es feliz, completamente feliz. Puede haber momentos de éxta­sis o exaltación y en esos momentos parece que se ha llegado a la plenitud de la felicidad; pero ¡vana ilusión!, son momentos efímeros, fugaces. Puede haber ráfagas de felicidad, copas de alegría, pero ¿la’ felicidad misma? No. Lo que aborta la felici­dad es el sufrimiento, y aquí pode­mos establecer una ley de proporcio­nalidad; cuanto más sufrimiento, menos felicidad; cuanto menos sufri­miento, más felicidad. «El arte de ser feliz» enseña a eliminar o aminorar cualquier sufrimiento y, por este camino, enseña no a ser feliz, pero sí a ser más feliz. He ahí el arte. 

–Un hombre que sufre enfermedad o dolor físico, ¿puede ser feliz?
–Padre Larra­ña­ga: Se puede decir que cualquier dolor corporal ya ha sido eliminado con las medicinas modernas. Pero, ¿y la enfermedad? El problema de la enfermedad no es la perturbación biológica sino la resistencia mental que tiene la an­gustia. La angustia es el peor aguijón de la enfermedad. Un enfermo inun­dado de una gran paz es un enfermo feliz. 

Este libro enseña precisamente eso: arrancar a la enfermedad su peor aguijón que es la angustia. Transfor­mar la enfermedad en la «hermana enfermedad» y hacer del enfermo un «enfermo feliz». He ahí el arte. 

–Hoy en día vivimos pensando en tener éxito ¿Cómo prepararnos para aceptar el fracaso?
–Padre Larra­ña­ga: Es verdad. Estamos inmersos en una sociedad excesivamente competitiva en la que el más fuerte, el más audaz, el más creativo se lleva la palma en una lucha sin cuartel. Por todos partes se oye el grito romano «ay de los venci­dos», es decir, «ay de los fracasa­dos». En esta sociedad no hay lugar para los fracasados; ellos son elimi­nados con crueldad y sin compasión. Usted me pregunta: ¿cómo aceptar el fracaso sin derrumbarse? Franca­mente no lo sé; o mejor, lo veo impo­sible. Tal vez, tan sólo en el espíritu de fe y abandono en Dios, podría sua­vizar el golpe y ayudarlo a mante­nerse de pie. Sin fe es inevitable caerse de espaldas, hecho pedazos.

–Hay gente que cree que el hombre se tortura con angustias y obse­sio­nes porque piensa dema­siado.
–Padre Larra­ña­ga: No porque piensa demasiado sino porque da vueltas en su mente, e inútilmente, a hechos consumados y episodios tris­tes. Y de tanto dar vueltas en su cabeza a sucesos tristes de la vida, las personas se hacen temperamental­mente tristes. Los hechos que no tienen solución o la solución no está en nuestras manos ¿para qué darles vueltas en la mente? Hay que dejarlos en manos de Dios.

–¿Por qué cree usted que tenemos tanto mie­do a que los años se nos pasen y la muerte nos sorprenda sin haber vivi­do? ¿Cuál es su respues­ta a los que temen la muerte?

–Padre Larra­ña­ga: Es un senti­miento hondo, casi siempre incons­ciente pero real: se les van pasando los años y están aproximándose al ocaso de la vida. No les falta nada. Por tenerlo todo, hasta tienen salud fisica y mental, pero están dominados por la sensación de que les falta todo. Si les preguntamos por la razón de su vivir, responderán que no la tienen. Es el vacío, la oscura sensación de que se les va la vida sin haberla vivi­do. Su existencia no ha sido gratifi­cante. ¿Respuesta a los que temen la muerte? No es fácil responder. Es un fenómeno de gran complejidad. Ese temor, para los que no tienen fe, participa del «horror vacui», horror al vacío. Desde luego es un temor irra­cional: se debería pensar mil veces en la ley universal de que lo que comien­za, acaba, ley respetada por todos los seres de la creación, excepto por el hombre.

–Al igual que apren­de­mos a leer, escribir… ¿tenemos que aprender a ser felices? ¿Depende de nosotros o de las cir­cunstancias que nos toque vivir?

–Padre Larra­ña­ga: En la época prehumana, los animales no se hacían problemas para vivir. Todos sus pro­blemas los encontraban solucionados mediante mecanismos instintivos con los que resolvían, casi mecánicamen­te, sus necesidades elementales. Los animales no pueden ser más felices de lo que son. No tienen problemas. No se aburren. El hombre, en cam­bio, desde que sale a la luz, todo son problemas: tiene que comenzar a res­pirar, alimentarse, a andar, a hablar… y así, a lo largo de los años, y hasta la muerte, su existencia es un eterno aprender a vivir y ser felices. Es ver­dad que hay personalidades genética­mente proclives a la tristeza, otras a la alegría. También es verdad que ciertas circunstancias de la vida pue­den favorecer u obstaculizar la dicha del vivir. Pero es el lector mismo quien tiene que poner en práctica los medios de autoliberación que el libro entregará y, en un proceso de progre­siva superación del sufrimiento hu­ma­no, avanzar paulatinamente hacia la tranquilidad de la mente, la sereni­dad de los nervios y la paz del alma.

–En la actualidad dis­ponemos de muchos me­dios materiales, avances tecnológicos… pero la gente parece más indivi­dualista, nerviosa, dis­persiva, en una palabra, menos feliz. ¿Tendremos que huir a una isla de­sier­ta para ser felices?

–Padre Larra­ña­ga: Efectiva­men­te, la sociedad moderna es ase­sina, digamos así, porque acaba por desintegrar lo más sagrado del hom­bre que es la unidad interior y la esta­bilidad emocional. Y por ahí sobre­vienen la dispersión, el estrés, y po­demos aproximamos peligrosamente hacia la depresión, y todo esto en medio de la sensación generalizada de desasosiego. Para salvamos de una sociedad tan desestabilizadora no necesitamos retiramos a una isla soli­taria. Pero tampoco se nos va a rega­lar la dicha de vivir como un presente de Navidad. El lector tendrá que so­meterse a un próceso de autolibera­ción siguiendo las pautas del libro.

–Usted da mucha im­portancia a la oración, ¿necesita de ella para vivir con alegría?
–Padre Larra­ña­ga: Pienso absolutamente que el trato de amistad y la relación personal con Dios favo­rece enormemente, casi decididamen­te, la libertad interior, la ausencia del miedo y la alegría de vivir. Además sospecho que la oración y la actitud de abandono son el único camino de la paz profunda. De todas maneras pienso que los golpes rudos de la vida nos despedazarán inevitable­mente si Dios está totalmente ausente del corazón.

–Y si no tienes fe ¿pue­­des ser igualmente feliz?
–Padre Larra­ña­ga: Comprendo que puede haber hombres y mujeres completamente agnósticos e igual­men­te felices. Pero esto por excep­ción. El hombre, sin fe, tiene que sentir un gran vacío, allá, en la última soledad del ser, en aquel pozo infinito que sólo un infinito puede llenar. En todo caso, todas las reflexiones y orien­taciones que entrega «El arte de ser feliz» van dirigidas a los que no tienen fe o la tienen débil.

Por Lidia González y Teresa de Diego

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