Monseñor José Sánchez: Las leyes de inmigración deben respetar la dignidad de la persona. Por delante de cualquier otro interés, aclara el obispo español
Mayo 29, 2008
MADRID. (ZENIT. org).- Monseñor José Sánchez, obispo de Sigüenza-Guadalajara, preside actualmente y por segunda vez la Comisión de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española (la presidió desde 1988 hasta 1993). Fue nombrado miembro del Consejo Pontificio para los Emigrantes por su Santidad el Papa Juan Pablo II el 30 de enero de 1995 y es también Presidente de la Comisión «Pastoral de las Migraciones» del Consejo de Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) desde el 3 de noviembre de 2006.
Su nombre saltó hace unas semanas a la actualidad por atribuírsele ciertas críticas a la propuesta de un «contrato de integración» para los inmigrantes. El prelado aclara que sus críticas no se dirigen a una ley en concreto, sino en general a la legislación occidental sobre inmigración: «mientras no me demuestren que las leyes de inmigración, llámense contrato, regulación o como sea, nacen de anteponer la persona con sus dignidades y derechos a todo otro interés, sea político, partidista, nacional, de grupo o de bloque, todas las leyes, da igual quién las haga, nacerán con el mismo corte: todas serán de carácter restrictivo, defensivo y coyuntural».
Según monseñor Sánchez, la inmigración es para la Iglesia «una gran oportunidad»: «una oportunidad de enriquecimiento y de rejuvenecimiento, de experimentar lo que es la Iglesia, que lo que la doctrina proclama, «Iglesia universal y católica», sea realidad en cada pueblo».
–¿Qué actividades lleva a cabo la comisión de Migraciones que usted preside?
-Monseñor José Sánchez: La comisión que presido no tiene carácter ejecutivo, ni tiene atribuciones por encima de la Conferencia Episcopal en la que está integrada. (…) nosotros somos un organismo de ayuda, de información, de sugerencias, de animación, de puesta en común. Estamos presentes en esta problemática para ayudar a la pastoral de las diócesis en ese aspecto. Y frente a la opinión pública tenemos una voz que pronunciamos, cuando llega el momento, siempre bajo la autoridad de los organismos de la CEE, es decir, la Presidencia, el Comité Ejecutivo, la comisión Permanente y la Plenaria. El nuestro es un cometido de trabajo, y no de tomar determinaciones.
–A grandes rasgos, ¿cómo se puede definir la postura de la Iglesia en torno a la inmigración? ¿Apertura frente a seguridad? ¿Lo más importante son las personas? ¿Las leyes deben ser más o menos restrictivas?
-Monseñor José Sánchez: La postura de la Iglesia en esta cuestión viene definida por la Sagrada Escritura, incluso en el Antiguo Testamento. El trato que manda la Ley de Moisés, los profetas y toda la tradición del pueblo de Israel con los inmigrantes extranjeros es para nosotros un precedente, que después se concreta en la actitud de Jesús de Nazaret.
Jesucristo incluía a los extranjeros junto a la atención a los enfermos, a los pobres, a los encarcelados, etc., en el catálogo de los comportamientos por los cuáles seremos juzgados (Mateo, 25). El trato que él tuvo con los extranjeros con los que se encontró en vida, y lo que dejó determinado en la Iglesia, que aparece en Pentecostés, establece una Iglesia en la que no hay extranjeros. Ése es el paradigma, el modelo en el que se encarna la actitud de la Iglesia a lo largo de los siglos con extranjeros e inmigrantes.
Luego, el modelo se ha ido concretando en la Doctrina Social de la Iglesia, que tiene una tradición ya muy rica con los precedentes de León XIII en el siglo XIX, y especialmente en las encíclicas sociales del Concilio Vaticano II. Posteriormente se ha desarrollado como un espacio dentro de esa Doctrina Social, que bajo el epígrafe «emigrantes, inmigrantes, itinerantes» aborda el mundo de la movilidad humana.
Para ellos la Iglesia pide en primer lugar un trato especial dado que su condición es especial, de manera que no puedan ser discriminados o inferiormente atendidos con respecto a la población estable en cuanto a los servicios de las parroquias, las diócesis, etc. Es decir, hay que crear estructuras para atender a la persona dondequiera que esté. La pastoral de migraciones nace de la necesidad específica de crear estructuras, servicios y agentes que atiendan a las personas en su condición específica de no tener un lugar permanente.
De ahí se deducen varios principios: En primer lugar, que la persona con sus derechos fundamentales está antes que la economía y que los intereses particulares de los Estados o de los bloques. En segundo lugar, que los bienes de la Tierra están al servicio de todas las personas, y por lo tanto es necesario compartirlos.
En tercer lugar, que toda persona tiene derecho a emigrar, es decir, a salir de su casa para mejorar su condición o la de su familia, pero también, y esto es fundamental, tiene derecho a no tener que emigrar por necesidad, con lo cual, es obligación de los Estados garantizar la capacidad de cada uno de poder desarrollarse en su propio país.
Otro principio muy importante en la pastoral de las migraciones y en el comportamiento de la Iglesia es que en la Iglesia no hay extranjeros. La Iglesia es la casa de todos, y por lo tanto, la acción de la Iglesia no puede estar limitada exclusivamente a la «clientela», hablando en términos comerciales: a la gente del mismo territorio, de la misma lengua o incluso de la misma fe. El ámbito del servicio de la Iglesia es toda persona humana.
–La inmigración es un desafío, un problema, pero ¿es también una oportunidad?
-Monseñor José Sánchez: Evidentemente es una oportunidad. Nuestra sociedad se está enriqueciendo con su trabajo y sus energías, con su juventud y con su cultura, que en algunas cosas será inferior a la nuestra pero en otras cosas será superior.
En la Iglesia, ellos ofrecen otra forma de expresarse, otra forma de celebrar la fe, como los católicos orientales o los que provienen de países africanos. Esta es una oportunidad de enriquecimiento y de rejuvenecimiento, de experimentar lo que es la Iglesia, que lo que la doctrina proclama, «Iglesia universal y católica», sea realidad en cada pueblo.
Es la oportunidad de experimentar lo que es ser el Buen Samaritano que acoge al otro, la oportunidad de vivir el ecumenismo en cada parroquia, de poner en marcha el diálogo interreligioso. Es una oportunidad para relacionarnos de forma distinta con el Islam, con el que hemos estado permanentemente en conflicto… Tenemos que darnos cuenta de que es una gran oportunidad, y no solo un problema contra el que tenemos que defendernos.
Por Inmaculada Álvarez
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