Sígueme

Junio 9, 2008

Al pasar, vio Jesús a un hombre, sentado al telonio, llamado Mateo, y le dijo: “sígueme”. Y él, levantándose le siguió. (Mt. 9, 9)

Este hombre era alcabalero pues es­taba sentado en el telonio. Como hoy día, si vemos a un hombre aten­diendo un vento­rrillo, le llamamos ven­to­rri­llero. En conse­cuen­cia este hombre que vió Jesús, era lo que en griego es un telón, o cobrador de im­puestos. Lucas le llama publicano. Lo cual tiene relación con el tesoro público.

La escena tiene lugar en Cafarnaún, que era un puesto aduanero, apto para cobrar im­pues­­tos. A veces los publicanos eran abusa­dores, por­que tenían facultad de fijar las tasas imposi­tivas, lo cual hacían en forma arbitraria. Estaban apo­yados por la autoridad romana, pues recogían para el fisco del Im­perio.

Cobraban el peaje de puentes y barcas. A veces por encima de las tasas y es por ello que Juan el Bautista les dijo a unos que vinieron a preguntarle cómo debían conducirse, “No cobren más de lo esta­blecido”. (Lc. 3. 12-13).

Los evangelistas Marcos y Lucas nom­bran a Mateo Levi, hijo de Alfeo.
Cristo miró a Ma­teo y la luz de su mirada penetró pro­fundamente el alma de este cobra­dor de impuestos. El Maes­tro se limitó a de­cirle: “Sígueme” y sin más ni nada lo deja todo y le sigue. Justo es con­signar que Mateo  es­taba en conocimiento de milagros hechos por Jesús en Cafar­naum.
Posteriormente, Jesús va a la casa de Mateo y se sienta a la mesa y se agregan  publicanos y pecado­res.

Inmediatamente surgen las críticas de los fariseos: ¿Por qué come con publicanos y pecadores? Jesús escu­chó las críticas y afirmó que los sanos no tienen necesidad de médicos sino los enfermos.
Ma­teo intercala las pala­bras del pro­feta Oseas: Prefiero la misericordia al sacri­ficio, (Os. 6,6); no he venido a llamar a los justos sino a los pe­cadores.

Estos pecadores  eran los impuros, según los rabinos o el pueblo de la tierra, como les llamaban los fariseos.

Cristo es médico de las almas. Justo es con­signar que ha mirado profundamen­te a mu­chos y les ha dicho: Sígueme.

Ahora mismo nos mira a cada uno y nos repite: Sígueme.
Para acceder a esta invitación hay que dejar algunas cosas en las cuales estamos empeñados. 

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