Testimonio: Mercedes Ramírez: La humildad por decoro
Junio 23, 2008
“No hay tiempo de temerle a la muerte”
Daniela Mercury.
De invierno a invierno la vida nace y vuelve a su origen. Como una estrella fugaz ilumina su paso dejando con nosotros su espiritualidad compasiva, cuidadora de las cosas y desprendida de ellas, con más amor por nosotros que por ella misma; así, ese 1º de diciembre de 1954 vio sus primeras luces esa dama que siempre sería una niña, a la cual bauticé aquel año de 1992 en que el Santo Padre Juan Pablo II vino a nuestra isla, como “la doctora”: la que sanaba, la que hacía cualquier cosa por los demás y la que por todos sufría.
Casó esta humilde niña, perdón, esta dama de luces desmedidas, con José Antonio Santana-Nonón-, siendo ambos como dos tortolitas que Dios las unió, hace ya veintiocho años como los días de la fecha transcurrida; procreando dos vástagos Tito y Annerys que son sus prendas, sus peluches, sus tesoros.
Cincuenta y tres añitos de existencia ligero de equipaje, tomando agua fresca de tinaja, bañándose bajo la luz del sol, sin maldad, vestida con túnicas todo de limpia, impecablemente limpia, comida sana y transparente corazón; ¡amadora de la vida y cuidadora de ella! Sus gatitos, sus perritos, los periquitos cantores, sus biscuits en los estantes, sus familiares compromisos y su alegre y grande corazón.
Madrugaba para cumplir con los deberes hogareños, los suyos y los ajenos, brillaba el púlpito de la fe, visitaba a los enfermos, se sumaba en el pecho los pesares de otros, y lo daba todo, todo lo daba: ¡era lo único que podía dar!
Dejó como legado su presencia el jueves 28 de febrero y no el 29, y supo hacerlo para que siempre le recordemos, sin lechones, sin habichuela con dulce, sin cuaresma, sólo con la independencia de la gran fe católica que le acompañó siempre, y la pulcra santidad de su sacramento matrimonial, porque ella vivía no de vanidad, sino de compromisos, y en ausencia de ser letrada, vivía al pie de las letras el mandato de su fe, como la santísima Virgen María en “la catena” deshaciendo entuertos con sus fuertes brazos, levantando a los caídos.
Regaba a diario las blancas flores, rojas flores que añoraba besándolas del perfume de su alma, sin saber que las mismas engalanarían el féretro de regreso al invierno de su origen. ¡Ah doctora!, en el rancho vestido de canas suena del “Trío Matamoros”, “el ‘son de la loma’: Siento la inmensa pena de tu extravío, siento el dolor profundo de tu partida, y lloro sin que sepa que el llanto mío, tiene lágrimas negras, tiene lágrimas negras, como mi vida”, porque por la alegría viviste y por la alegría nos dices hasta luego.
¡Sigue regando entre nosotros tus blancas flores, rojas flores eternas que añoras besándolas del perfume de tu alma!
Por: Guillermo A. Torres Corsino
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