El padre Mateo partió a la casa del Padre
Junio 24, 2008
El querido y entrañable amigo Padre Mateo Andrés ha partido a la casa del Padre y se fue y nos dejó a todos con un nudo en la garganta, con unas lágrimas en los ojos y con la tristeza larga en el corazón, pero a la vez sentimos el gozo, la alegría y la satisfacción de recibir de él su amistad, su cercanía y sus enseñanzas; y sobre todo su testimonio de vida, que nos hace privilegiados y hasta sentirnos orgullosos de haber sido sus discípulos y en mi caso particular experimentar el sentido filial, ya que a él le quise y le quiero como a un verdadero padre.
En el Padre Mateo se cumplió aquello del dicho popular que dice que cada uno muere como vive, y yo diría que el Señor le complació en lo que él quería, morir con las botas puestas del trabajo y no ser carga ni molestia para nadie.
Se fue sin hacer ruido y se despidió de los suyos de un modo tan sutil, y tan sutil, que yo después de su muerte es que entendí aquella hermosa conversación que tuvo conmigo el domingo anterior a su partida. Ahora entiendo muy bien el significado profundo de las canciones “Cuando un amigo se va” y “Viejo, mi querido viejo”.
Para decirle adiós nos reunimos una gran cantidad de sus amigos y beneficiados, entristecidos pero con el aire de gozo al sentirnos parte de él y porque sabemos el sentido de la muerte a la luz de la fe. Él está cerca del Señor y está también con nosotros pero de otra forma.
Mons. Francisco José Arnáiz, un compañero casi inseparable desde los días del noviciado, presidió la Eucaristía de despedida y de acción de gracias. Tuvo una hermosa y profunda homilía, no sólo por la retórica de su lenguaje, sino porque supo recoger con fidelidad la vida y el ministerio sacerdotal del Padre Mateo.
Yo estoy gratamente sorprendido por la cantidad de llamadas que me han hecho algunos obispos, un gran número de sacerdotes y de amigos, para expresarme su solidaridad y su condolencia por la partida del Padre Mateo.
Ellos saben de los largos años (43) de amistad que nos unía y que nos hacían casi inseparables, cumpliéndose aquello de San Agustín que decía “feliz el hombre que en su vida encuentra a un solo verdadero amigo”.
Mientras escribo estas letras acabo de recibir llamada del Padre Santiago Rodríguez, quien a nombre de los sacerdotes dominicanos que estudian en Roma, quiere unirse en oración por el Padre Mateo; igualmente acabo de recibir llamada del P. Ricardo Fajardo y de algunos ex seminaristas que viven en Nueva York.
Como sabemos, cada ser humano se identifica con su patria; la ama, la respeta y la defiende, porque para cada uno ese terruño es algo especial, porque allí están sus raíces, sus costumbres, su lengua, su historia; en una palabra, su cultura. Un día el Padre Mateo sintió la llamada y “dejó su tierra, a sus padres y a sus 6 hermanos” y entró al noviciado y después de un largo proceso de formación se ordenó sacerdote para la Compañía de Jesús, siendo nosotros los dominicanos los grandes privilegiados con el ministerio del Padre Mateo.
El Padre Mateo Andrés fue un jesuíta a carta cabal y lo confirman su fidelidad a su carisma o cultivo profundo de los consejos evangélicos: austeridad de vida, su amor a la Eucaristía, su corazón limpio, su obediencia sincera, su espíritu de oración. Era de una fidelidad admirable a la oración de la Iglesia (Liturgia de las Horas), desde las Laudes hasta la Completa.
Fue un hombre de Dios al servicio de los demás, eso lo confirman su estilo de vida sencilla, su capacidad de servicio y de trabajo, su espíritu de oración, su comprensión para con los demás, su alegría y su austeridad. El tenía y así me lo referían muchas personas, un don natural y un carisma especial para saber compenetrarse con los demás, no importa la edad y la condición social que tuvieran, tenía como un imán para atraer y para hacer que los otros se sintieran bien. Su modo de acoger, de tratar y de sonreír ya era de suyo un apostolado.
El Padre Mateo fue un prolífico escritor, podemos decir un artesano de la escritura, porque así como el mecánico y el albañil usan sus destrezas y sus herramientas para hacer sus obras, de la misma manera el escritor tiene que utilizar la pluma y el papel.
Desde que se inició con su libro Matrimonio Adulto y seguida Puedo ser otro y feliz, que se ha convertido en un best seller, comenzaron a llegar los demás hasta completar el número 25, que están esparcidos por el mundo de habla hispánica y que tanto bien van haciendo a tantas personas que lo testimonian la gran cantidad de cartas que enviaban desde muchos lugares al Padre Mateo.
Pero su obra maestra lo fue la formación sacerdotal, que lo acreditaban como un formador de formadores y a quien los seminaristas declararon como su patrimonio. Comenzó en el 1955 con sus primeros alumnos entre ellos el Cardenal López Rodríguez, Mons. Moya y el P. Domingo Toribio, hasta el 12 de mayo cuando entregó sus notas de las tres materias que daba en el Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino.
Pero, además de su vocación de insigne maestro, él cultivó otro gran don al que dedicó mucho tiempo y dedicación, me refiero al cultivo y la ayuda a los matrimonios. Ahí los cientos de cursos por donde pasaron miles de personas, sus distintos retiros o ejercicios espirituales, convivencias, charlas y talleres familiares que a lo largo de la geografía nacional y en diferentes países que supo impartir. Precisamente el día de su muerte tenía programado con las familias de Azua un día de formación.
Es muchísimo lo que tendríamos que decir y que haría falta plasmarlo en varios libros, por eso permítanme compartir con ustedes algunos testimonios de algunas personas que lo expresaron cuando el Padre Mateo cumplió 50 años de vida sacerdotal. Sólo pondré algunos por razón de espacio.
Siendo Presidente y Primera Dama el Ing. Hipólito Mejía y Doña Rosa decían: “Nuestra amistad viene
desde principio de la década de los “70”, cuando asistimos a su magnífico curso “Matrimonio Adulto”. Desde entonces es nuestro consultor por excelencia en las diversas ocasiones en que hemos tenido, bien la alegría de un acontecimiento familiar o la necesidad de consulta para la toma de decisión con cualquiera de nosotros”.
Mons. Arnáiz le aplicó al P. Mateo una cita del P. Rivadeneira que dice “La razón de nuestra vida nos exige ser hombres crucificados al mundo y para quienes el mundo está crucificado.
Hombres nuevos que se han despojado de sus afectos para vivir la santidad, que, como dice San Pablo, en los trabajos, en las vigilias, en el ayuno, en la castidad, en la ciencia, en la magnanimidad, en la suavidad, en el Espíritu Santo, en la caridad no fingida, en la transmisión de la verdad se muestren ministros verdaderos de Dios”.
Hermosas las palabras de Mons. Moya, quien, rememorando su tiempo de discípulo del Padre Mateo dice “Cada clase era una meditación que se abría a la vida. Señalaba horizontes abiertos y generosos. La hora de clase se pasaba volando y todos disfrutábamos con él. Con qué facilidad y gracia nos convertía la tesis filosófica en gracia de Dios y regalo espiritual”.
Mons. Freddy Bretón, el obispo de Baní, decía: “Es serio eso de marcar positivamente a una persona para siempre. Algunos profesores lo logran, y el Padre Mateo es sin duda uno de ellos. También lo recuerdo llegando al Seminario –ya en la Sarasota, y siendo yo formador del mismo– en su bicicleta negra, último modelo, (idéntica a la que usó mi papá en su juventud). Por supuesto que en la parrilla venía el maletincito de hule con zíper de tela. La última vez que ví la tal reliquia velocísima era una saeta plateada; de tanto verla negra, unos amigos la mandaron a niquelar. Eran los tiempos en que se disfrutaba mucho la pesca submarina; yo llegué a acompañarlo con el amigo Fausto a las costas caribeñas. Allí me deslicé bajo las aguas, arpón en mano, para volver lleno de erizos; no recuerdo bien cómo le iba en su pesca, pero a los peces les iba siempre bien conmigo”.
Y el Arzobispo de Santiago, Mons. Ramón De la Rosa afirma “Recuerdo los aportes que hizo a mi formación humana y la disciplina a la que él mismo se sometía para ser “un mejor hombre”. Valoraba su humanismo. Su ejemplo en este sentido me marcó y me sirve de estímulo para nunca sentirme terminado, sino que debo pensar que siempre hay posibilidad de ser mejor. Su interés por la psicología reafirmó mi interés por esa área del saber humano”.
Su hermano sacerdote Melquíades Andrés escribía en ese entonces: “Cuando nos visita en nuestro Micieces de Ojeda, pone alegría y luz en abuelos, hermanos, sobrinos y nietos, todos juntos en las excursiones comunes, o en los breves días o ratos que dedica a cada uno en su casa respectiva. Serenidad y luz cristiana es su gran regalo”.
Hermosa las palabras del P. Vinicio Disla cuando describía al Padre Mateo “testigo del binomio luces y sombras en el Pueblo de Dios. El Maestro, el Profesor, el Catedrático, el Pastor de pastores germinales en cada seminario. El animador de familias y de generaciones. Conferencias, libros, meditaciones, ejercicios espirituales han sido las experiencias de siembra en nuestros corazones antillanos”.
El Padre Hermann Gebert, Rector General de los Sacerdotes de Schoenstatt en Alemania le escribía así “Mis felicitaciones quieren ser una acción de gracias, por todo aquello que usted ha sido, ha hecho y aún hace por nuestro Padre Fausto. En mi visita a República Dominicana y en su visita que usted hizo a nuestra casa de Moriah, pude dejarme edificar de la linda unión entre usted y el Padre Fausto. El le ha regalado desde que yo lo conozco una confianza ilimitada y se siente unido a usted en una filialidad amical y filial y usted lo ha acompañado y le ha motivado para que descubra sus talentos y los haga fructíferos para su pueblo”.
A nombre de los sacerdotes de la Diócesis de La Vega el P. Francisco Jiménez decía “Como hombre y como sacerdote, siempre me ha impresionado la paz que refleja en su vida, su modo sencillo y su peculiar profundidad para tratar cualquier tema o cualquier problemática que se le presente. Sin lugar a dudas, estar un momento al lado del Padre Mateo es poder tener la oportunidad de estar frente a un sacerdote que refleja una paz interior y una auténtica libertad”.
Y los seminaristas del Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino decían del P. Mateo: “Es un maestro de la vida y de la experiencia. Siempre apela al ejemplo ya que esto enseña más que los conceptos. Nos repite en cada clase que él no enseña para el examen, sino para la vida. A este enseñar para la vida su estilo disciplinado. El ha realizado grandes hazañas en esa empresa humana de enderezar los entuertos de nuestra autoimagen, de nuestros sentimientos y de nuestras afectividades personales. El ha sido una gracia de Dios para nuestro seminario, pero también, según él mismo, es una gracia de Dios ayudar a que los seminaristas salgan a buen sendero. ¡Gracias Padre Mateo! ¡Felicidades por el resto de su vida sacerdotal!”.
Contentémonos con estos testimonios. Y al querido Padre Mateo Andrés nos queda decirle: Gracias del alma por su amistad y su testimonio. Un día, cuando el Señor lo disponga, nos encontraremos de nuevo con usted y para siempre.
P. Fausto R. Mejía Vallejo
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