Lo que aprendí del padre Mateo Andrés

Junio 24, 2008

La caridad pastoral es “el princi­pio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero”, siendo su contenido esencial “la donación de sí, la total donación de sí a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo y a su imagen y estas virtudes la vivió el P. Mateo…

Un sacerdote sobre una mula no es nada, pero si lo impulsa la fuerza del amor, puede hacer verdaderos mi­la­gros de cariño en sus fieles. Pue­do decir, el sacerdote que no tiene mu­cha lástima de los pecadores es me­dio sacerdote, eso aprendí del P. Mateo Andrés.

La caridad es lo que lleva en su corazón y esa es su fuerza y secreto… Esta caridad lo lleva a sentirse “ami­go” de todos, de sus paisanos y feli­greses, pero también de sus hermanos sacerdotes.
Hay que tener clara conciencia de que su unión con Cristo pasa no sola­men­te por la vida de oración sino que ésta debe estar íntimamente unida con la acción apostólica constante, lo repetía en clase.

Sabe que la vocación sacer­dotal implica que Dios lo quiere “con­­tem­plativo en la acción” y que, precisamente, en la acción apostólica es donde él desarrollará su camino de unión con Cristo y de transformación espiritual. Así nos enseñó Padre Mateo a vivir nuestro sacerdocio. Es vivir en la sencillez de lo coti­diano la fe, la esperanza y la caridad.

En definitiva, los santos serán los que “han manifestado su fe con obras, su amor con fatigas y su espe­ranza en nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia” (1Tes. 1, 3). Pero esta santidad implica un camino cuyo punto de partida está en el de­seo mismo de ser santos: “Bie­naven­turados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán sacia­dos” (Mt. 5, 6). La justicia de la que aquí se habla es la justicia del Reino, que la Biblia identifica con la santi­dad. Y la promesa contenida en las biena­ven­­tu­ran­zas es para aquellos que tie­nen un vivo deseo (”hambre y sed”) de ser santos.

El hombre santo es el que se iden­tifica con su misión. Soy santo en la medida que me adhiero a una misión que en el corazón de Dios, es la me­jor identificación del P. Mateo, con relación a su misión en la forma­ción de los sacerdotes. Cuando en­cuen­tro mi sitio y meto el corazón en mi mi­sión, se me hace carne la santi­dad de la misión que Dios tiene en­comenda­da para mí. Por supuesto que no se da nunca una coherencia perfecta, ex­cep­t­o en la Virgen. Siem­pre hay una brecha -y a veces un abismo- entre ese proyecto amoroso que descansa en Dios y mi adhesión libre a Él.

Pero lo importante es que todos aprendimos de Mateo a ser sacerdo­tes. En el Corazón del Señor hay un pro­yecto santo para mí. La santidad es ese diálogo, ese “tire y afloje” mis­te­­rioso, por momentos muy gozoso, por momentos doloroso, entre un pro­yecto y una libertad que se adhie­re a Él fielmente. La santidad se identi­fica con su misión: su misión de for­mador y educador.

“Ser Santo” llevando a otros a la Santidad, fue la vida de P. Mateo.
La caridad pastoral es “el princi­pio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero”, siendo su contenido esencial “la do­nación de sí, la total donación de sí a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo y a su imagen, y estas virtudes las vivió el P. Mateo…

No es sólo aquello que hacemos, sino la dona­ción de nosotros mismos lo que muestra el amor de Cristo por su grey. La caridad pastoral determi­na nuestro modo de pensar y de ac­tuar, nuestro modo de comportarnos con la gente “…Esta caridad pastoral del sacerdote no sólo fluye de la Euca­ristía, sino que encuentra su más alta realización en su celebración, así como también recibe de ella la gracia y la responsabilidad de impregnar de manera “sacrificial” toda su existen­cia… Esta misma caridad pastoral constituye el principio interior y diná­­mico capaz de unificar las múl­tiples y diversas actividades del sacerdote.

El verdadero pastor se santifica llevando a la santidad a su rebaño. Realidad incontestable, pero que no siempre en la actualidad se tiene en cuenta en el trajinar de las activi­da­des parroquiales, muchas veces mar­cadas por el activismo y la dis­per­sión. La organización de la parro­quia y todas sus obras tienen como última meta la santidad de sus miem­bros. Y porque nadie puede quedar excluído de la Vida Eterna, la parro­quia se ha­ce “misionera” para que “todos ten­gan Vida y la tengan en abundancia” (cfr. Jn. 3, 15; 15, 8).

La caridad pastoral debe impulsar y estimular así “al sacerdote a cono­cer cada vez mejor la situación real de los hombres a quienes ha sido en­viado; a discernir la voz del Espíritu en las circunstancias históricas en las que se encuentra; a buscar los méto­dos más adecuados y las formas más útiles para ejercer hoy su ministerio. De este modo, la caridad pastoral ani­mará y sostendrá los esfuerzos huma­nos del sacerdote para que su activi­dad pastoral sea actual, creíble y eficaz.

En la sinagoga de Nazareth, Jesús, quien “siendo rico se hizo pobre” (2 Cor.8, 9)- se aplica la profecía de Isaías: “El Espíritu del Señor está so­bre mí… Él me envió a llevar la Bue­na Noticia a los pobres” (Is. 61, 1-2, cf. Lc 4, 18), Y entre los signos me­siá­nicos que Jesús da a los envia­dos de Juan Bautista enumera que “el Evangelio es anunciado a los pobres” (Lc 7, 22).

Por tal razón, desde su mismo ini­cio, la Iglesia anuncia el Evangelio a los más necesitados –los desdi­cha­dos-, y son los pobres, los enfer­mos y los sufrientes quienes reciben espon­tá­­neamente el anuncio del Reino de Dios instaurado en Jesu­cristo.

La opción por los más necesitados no puede ser una postura ideoló­gica ni estereotipada. El sacerdo­te vive de una forma austera y pobre, en­tregan­do la mayor parte de su tiem­po a la atención de los enfermos, a ayu­dar a los indigentes y a buscar a los peca­do­res. Su ejemplo ilumina a quienes hoy desean seguir las huellas de Cristo –que fue enviado a evange­lizar a los pobres– como signo de la autén­tica evangelización.

Por otra parte, la caridad pastoral implica una cierta manera de “estar ante el otro” y de relacionarnos con él. Por eso aquello que Simone Weil afirma de la relación con el desdi­chado puede ayudarnos a descubrir el tipo de relación que desde la cari­dad pastoral, hemos de establecer –a imagen de Cristo Pastor – con el que sufre:

“Los desdichados no tienen en es­te mundo mayor necesidad que la presencia de alguien que les preste atención. La capacidad de prestar aten­ción a un desdichado es cosa muy rara, muy difícil; es casi –o sin casi– un milagro. Casi todos los que creen tener esta capacidad, en reali­dad no la tienen.

El ardor, el impulso del corazón, la piedad, no son sufi­cientes… La plenitud del amor al pró­ji­mo estriba simplemente en ser capaz de preguntar: “¿Cuál es tu tor­mento?”. Es saber que el desdichado existe, no como una unidad más en una serie, no como ejemplar de una categoría social que porta la etiqueta “desdichados”, sino como hombre, semejante en todo a nosotros, que fue un día golpeado y marcado con la marca inimitable de la desdicha. Para ello es suficiente, pero indispensable, saber dirigirle una cierta mirada. Esta mirada es, ante todo, atenta; una mi­ra­­da en la que el alma se vacía de todo contenido propio para recibir al ser al que está mirando tal cual es, en toda su verdad. Sólo es capaz de ello quien es capaz de atención”

Convencido de que el testimonio evangélico al que el mundo es más sensible, es el de la atención a las personas y el de la caridad para con los pobres y los pequeños, con los que sufren. La gratuidad de esta acti­tud y de estas acciones, que contras­tan profundamente con el egoísmo presente en el hombre, hace surgir unas preguntas precisas que orientan hacia Dios y el Evangelio.

En la Misión que cada uno recibe se cifra esencialmente la forma de san­tidad. Esa misión, esa manera cómo ha de entregarse cada uno a la comunidad depende del Espíritu y hay que preguntárselo, para ir encon­trando ese sitio o ese modo desde donde Dios quiere que yo ame y sir­va: si lejos o cerca, si sano o enfer­mo, si triunfante o perdedor, si ha­blan­do o callando. A través de la ora­ción, de su inspiración, del discer­ni­miento, de los acontecimientos de la vida, el Señor me irá “ubicando”. Condición previa para esto es la re­nuncia evangélica, la “indiferencia” como la llama San Ignacio, el estar dispuesto a “venderlo todo y seguir­lo”, y ”entrar por la puerta estrecha”. Esos son los santos. Y el Pueblo Fiel sabe quiénes son sus santos.

La petición más radical del hom­bre religioso, que resume en sí la glo­ria de Dios, el orden del mundo y el fin de la vida, es “hágase tu voluntad” esto fue el P. Mateo. Cambiando el impersonal pasivo a voz activa, con­creta y personal, “quiero hacer tu voluntad”. Y para poder cumplir la voluntad de Dios, tengo que conocer­la. Esa es mi obligación, mi privile­gio y mi deseo. Buscar para saber, y saber para actuar. Aprender a tomar las mil decisiones diarias, pequeñas y grandes, fáciles y difíciles, de sorpre­sa o de rutina, que integran mi vida, con atención y fe, con conocimiento de causa y alegría de ejecución. Si son las decisiones las que hacen la vida quiero que mis decisiones sean lo mejor que puedan ser. Quiero do­minar el arte de elegir. Quiero saber escoger.

El Pueblo fiel sabe por instinto que los santos son los grandes regalos que Dios le hace, no sólo como patro­nos a quienes se puede invocar…, sino también como grandes lumina­res de consuelo y de fervor que Dios ha colocado en medio de su Iglesia. Son para el pueblo sobre todo una nueva forma de imitación de Cristo en la vida de todos los días, son una imagen y ejemplificación del Evan­gelio en la vida diaria.

El santo es un fenómeno teológico que encierra en sí una doctrina viva, fecunda y adaptada a la época… En el santo lo capital no es su acción he­roi­ca sino la decidida obediencia con la que se entregó a su misión y el no poder entender su existencia des­pe­gada de ella. Hasta luego P. Mateo.

Padre Jesús Castro Marte
Vicario Episcopal del Clero
Arquidiócesis de Santo Domingo.

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