Tres sacerdotes: Hilario, Batista y Disla, gloria y prez del clero dominicano, celebran sus 50 años de vida sacerdotal, en Santiago.
Junio 24, 2008
El Padre Juan Evangelista Disla imita y honra a su patrono, el discípulo predilecto de Cristo, como hombre puro, inocente, sin dolo, humilde, de corazón transparente, y en su vida de pastor muy servicial y dando lo mejor de sí.
Queridos hermanos:
En medio de la sencillez de este día y lugar y en forma, podíamos decir, silenciosa, nos congregamos aquí para enaltecer y agradecer el sacerdocio de Cristo en la Iglesia en estos tres dignos y queridos sacerdotes: César Augusto Hilario Brito, Juan de la Cruz Batista Rodríguez y Juan Evangelista Disla Almánzar, en su quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal.
Este acto es un canto de acción de gracias al Señor. Es el magnificat de la Virgen María que sigue proclamando la Iglesia. Como exclamaba San Ambrosio: “viva en nosotros el alma de María para ensalzar al Señor; viva en nosotros el espíritu de María para glorificar a Dios”.
En estos tiempos de crisis y difíciles para la Iglesia, nuestro gozo se redobla por tratarse de tres sacerdotes que con humildad han mantenido en alto la dignidad sacerdotal y son coronados con el don y la diadema de la fidelidad. Son una gloria del clero arquidiocesano de Santiago, de toda la nación Dominicana y yo añadiría, gloria de la misma Iglesia universal.
Nunca ha sido fácil practicar la virtud. Pero con la gracia de Dios y el esfuerzo propio, unido a la fidelidad, estos hermanos nuestros, han cumplido con su misión, ungidos por el Espíritu Santo, elegidos por el Señor, configurados ontológicamente con Cristo-sacerdote. Equipados espiritualmente de esta manera, han sido enviados con el poder y espíritu de Cristo pastor, como dispensadores de los misterios divinos, y como testigos del amor misericordioso de Dios Padre. Con su celo pastoral han podido potenciar la vocación específica de todo cristiano, y a la vez han podido estar en el mundo sin ser mundanos. Han vivido su largo sacerdocio con inmensa alegría, irradiada a sus hermanos sacerdotes, a los fieles y al mismo mundo.
Podemos repetir con el Salmo 73: ¡“Qué bueno es Dios para el honrado, el Señor para los limpios de corazón!”; y con el otro salmo, el 89: “Cantaré eternamente la lealtad del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades”.
Ya se ha escrito y hablado del recorrido humilde y luminoso, muchas veces desapercibido, pero fecundo, de estos tres sacerdotes, figuras prominente de la Iglesia, como hemos dicho.
Pero, recordamos algunos datos: César Augusto Hilario, nacido en Moca, el 8 de abril de 1934, ordenado sacerdote en Roma por Mons. Hugo Eduardo Polanco Brito, el 27 de julio de 1958. Licenciado en música sacra, en el mismo Roma; nombrado director del coro de Catedral, fundador del Orfeón de Santiago y párroco de varias parroquias entre ellas el Santo Cura de Ars y actualmente San Pedro y San Pablo, del Ensueño, en esta ciudad.
El padre Hilario, con su alta musicalidad ha sabido llenar de júbilo y de admiración a toda la ciudad de Santiago y al país. La música es una de las artes que más nos emocionan y elevan nuestro espíritu. San Agustín decía que una liturgia bien organizada, delicada y devotamente desarrollada, con sus bellos y piadosos cantos, le ayudaron a él para su conversión radical a Dios; y que esas mismas liturgias con sus melodías sublimes y la armonía, y dulzura de sus voces pueden mover a los que no creen en Dios a encontrar a Dios.
Excúsame, padre Hilario, si musito al oído de ustedes, dentro de la cierta privacidad de este acto, un secreto de tu intimidad sacerdotal. Otro sacerdote, compañero tuyo me confió que cuando tú celebrabas los 25 años de tu sacerdocio le habías comunicado tu paz y satisfacción en el corazón, por que en esos 25 años nunca habías subido al altar con el alma manchada con pecado grave; sino con dignidad sacerdotal, dentro de nuestras limitaciones humanas. Cuando yo escuché esa confidencia (nunca iba a suponer otra cosa en ti) pero subió de punto mi aprecio a tu persona; aunque yo no soy dado a expresar mis afectos, y preferencias. Alguien ha dicho más bien, que soy un hombre frío.
Mons. Juan de la Cruz Batista, nacido en Dicayagua, Jánico, el 25 de noviembre de 1930. Ordenado sacerdote el 15 de junio de 1958, especializado en catequesis, en Manizales, Colombia; miembro de una larga familia que contaba con 3 religiosas, 2 religiosos, y él como presbítero. Sus primeras parroquias fueron las de Luperón y el Mamey. Pionero en la catequesis de esta diócesis y en el país. También fue, entre otras parroquias, párroco de la Catedral y de Ntra. Sra. del Rosario en Moca, y de Santa Ana de Nibaje.
Personalmente lo que más he admirado en Mons. Batista ha sido su espíritu de trabajo y de lucha. De sacerdote jovencito y mientras su cuerpo ha tenido vigor ha sido un apóstol y misionero incansable, sobre todo en parroquias muy difíciles, como Luperón, El Mamey, Gaspar Hernández y otras más. Tuvo días de plena actividad pastoral por esas zonas rurales, montañosas, en que después de un día intenso de labor venía a tomar algún alimento al regresar a su casa, en la prima noche. Pero lo más interesante era que en medio de esa vida tan dura y humanamente áspera, siempre exhalaba la alegría de su corazón misionero, la felicidad de que habla el Señor al decir que siente más dicha el que da que el que recibe, el que se pone a servir a los demás, y no espera ser servido (cfr. Hechos 20, 35).
Decía el anterior patriarca de Lisboa, Cardenal Ribero, que el sacerdote que en medio de tantas renuncias y fatigas proyecta esa gran alegría, es el mejor y más convincente testimonio que se puede dar al mundo. Y el mismo sacerdote no se imagina el bien que hace. Claro, eso supone que vive su vocación en intimidad con Cristo por medio de la oración, y bajo el manto protector de nuestra bondadosa y solícita Madre, La Virgen María. Cuando una persona está motivada por un auténtico amor y con la gracia de Dios se hace capaz de llevar a cabo las hazañas más arduas, pero altamente nobles.
Además, Juan de La Cruz, de niño, fue templado y forjado en esa vida de trabajo y de austeridad. Ese trabajo honesto que, en expresión del Papa Juan Pablo II, es manifestación de servicio y de amor.
El Padre Juan Evangelista Disla, nació en Conuco, Salcedo, el 27 de diciembre de 1933, ordenado sacerdote con Juan de La Cruz Batista el mismo 15 de junio de 1958, por Mons. Hugo Eduardo Polanco Brito. Su padre, Don Sabá, era muy culto y tenía una gran biblioteca. Fuera de las horas de su trabajo, se pasaba el tiempo leyendo (un ejemplo para las personas de hoy, incluso de Iglesia, que talvez nos dejamos arrastrar por el activismo y caemos en la vida irreflexiva y superficial). El Padre Juan Evangelista Disla y su hermano Mons. Pedro Vinicio Disla son sacerdotes ejemplares y verdaderos pastores de sus fieles.
El R. P. Juan Evangelista ha ido dejando jirones de su dinámica y piadosa juventud entre otras parroquias, en las del Santo Cura de Ars, Santa Cruz de Mao, Tamboril, mi municipio natal, y últimamente en Cayetano Germosén. En su pastoral siempre ha tenido preferencia por los niños y jóvenes, esperanza del mañana. Cuando era trasladado se originaba un pugilato entre la parroquia que dejaba y la nueva que se le asignaba. Él se quedaba neutral en manos de la obediencia a la Madre Iglesia.
El Padre Juan Evangelista Disla imita y honra a su patrono, el discípulo predilecto de Cristo, como hombre puro, inocente, sin dolo, humilde, de corazón transparente, y en su vida de pastor muy servicial y dando lo mejor de sí. Yo lo tuve de vicario parroquial en la Parroquia Santo Cura de Ars, Pueblo Nuevo, y lo tenía como un ángel de la guarda que me acompañaba en todo.
Queridos sacerdotes:
Es verdad que “ningún ser humano puede vivir sin amor”, como expresaba Juan Pablo II, pero el amor que en realidad llena el alma a profundidad no es el sensual, sino el gratuito, el de entrega total a Dios y a los hermanos; el producido por una intimidad afectuosa con el Señor.
Sintámonos siempre privilegiados y alegres, aun en las pruebas, por haber puesto Jesús sus ojos con cariño en nosotros y habernos mirado con predilección (cfr. Mc. 10, 21); al elegirnos “para estar con Él” (Mc.3, 14) y para honrarnos teniéndonos como sus amigos (cfr. Jn.15, 15).
Si meditamos mucho en esto no envidiaremos los placeres de este mundo, ni nos apegaremos desordenadamente a las cosas terrenales, a ejemplo de San Pablo que las tenía por muy poca cosa (“como basura, dice el texto”) (cfr. Filp. 3, 7). Yo lo he comprobado con tantas personas, entre ellas laicos y laicas, que llenos sus corazones de Dios, sienten necesidad de pocas cosas de este mundo.
Pero como dice el adagio, la nobleza obliga.
La Virgen María, Nuestra Madre del cielo, en revelación privada, nos dice a nosotros los Sacerdotes, sus Hijos Predilectos: “enorme es esta responsabilidad y, con un profundo recogimiento, yo pediría a mis hijos, los sacerdotes, a quienes amo entrañablemente, que meditaran sobre la grandeza del sacerdocio. Los espíritus celestes los miran complacidos; tan alta dignidad, de “gloria y honor fue coronada”. Pues, siendo los Ángeles espíritus puros, no pueden realizar milagro tan sublime como es el de la consagración. (María Puerta del Cielo, no. 27.4, Pág.343, Ediciones Consuelo, Barcelona 1995).
Y en otro lugar la Madre del Cielo nos dice: “Mediante las palabras de la consagración, el sacerdote hace que Jesús venga sacramentalmente al altar. Aquel que toma en sus manos el Cuerpo sacrosanto de Jesús y lo muestra a los fieles para que le rindan adoración, ha de ser tan puro como los ángeles y tan casto como la mujer que el Altísimo eligió para Madre del Verbo Humanado, Virgen y Madre castísima”. (María, Trono de la Sabiduría, no.22.8, Pág. 396, Ediciones Consuelo, Barcelona 1994).
Claro, ya lo sabemos, la castidad perfecta y perpetua es un don precioso que viene de lo alto, que no perciben los ojos del mundo, sino los que han sido llamados a vivirla (cfr.Mt.19, 11); pero a la vez ese Don tenemos nosotros que conquistarlo con la oración y la fidelidad. Ya lo decía el eminente teólogo Rhaner: “lo que se recibe como un don, luego hay que conquistarlo con la fidelidad”.
Pero se necesita mucha humildad y amor en la persona llamada para que acepte esa sumisión amorosa y entrega generosa al soberano Señor de todas las cosas; imitando la radicalidad evangélica de Jesús y de María.
Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo.
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