El Sembrador

Julio 14, 2008

Subiendo a una barca se sentó y las muchedumbres quedaron sobre la playa y les dijo muchas pará­bo­las, entra ellas las del sembrador.

Salió el sembrador a sembrar y parte de la semilla cae en el ca­mino. Se trata de siembra al voleo, es decir, tirando las semillas al aire. La Escritura nos dice que parte cayó junto al camino, mejor aún, en el camino, porque los pája­­ros vinieron y la comieron y parte fue pisada por los caminan­tes.

Otra parte cae en terreno pe­dre­goso como las tierras en Pales­tina. Parte cae entre malezas y espinas y otra parte en tierra bue­na, menos buena o mucho más buena.

El que tenga oídos para oír que oiga. Ahora diríamos: pongan atención a lo que voy a explicar.
Los discípulos se le acercan y preguntan: ¿Por qué les habla en parábolas? Jesús les contestó: les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni en­tienden.

Parábola quiere decir alegoría, es decir ficción para explicar una enseñanza. Particularmente a quien escribe les fascina la actua­lidad perenne de esta parábola del sembrador. Me parece escucharla todos los días, en todas partes y a todas las gentes.

La predicación de Cristo a mu­chos que la escuchan no le pene­tra, no le fructifica y a muchos aun­que en diferentes proporcio­nes, les da frutos.

¿Por qué? Porque cada uno es tierra diferente para recibir y hacer fructificar la semilla que es la Palabra de Dios.

Esta parábola fue explicada por el mismo Jesús. El hombre de ayer, de hoy y de siempre seguirá siendo tierra de camino, o pedre­goso o lleno de malezas y espinas y aún la tierra buena, una lo es más que otra.

El corazón, que es el oído para la Palabra de Dios, cuando es bueno da fruto al uno o al ciento por uno.

Dios mío: ¿Qué clase de tierra soy? La respuesta la encuentro en la ausencia o abundancia de mis frutos de santidad.

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