Mil reflexiones cortas

Julio 14, 2008

MARÍA, LA PALABRA DE DIOS Y EL DISCÍPULO
“Ella, que conservaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón (Lc 2, 19; cf. 2, 51), nos enseña el primado de la escucha de la Palabra en la vida del discí­pulo y misionero. El Magnificat está enteramente tejido por los hilos de la Sagrada Escritura, los hilos tomados de la Palabra de Dios. Así, se revela que en Ella la Palabra de Dios se encuentra de verdad en su casa, de donde sale y entra con naturalidad. Ella habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se le hace su palabra, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Además, así se revela que sus pensamientos están en sintonía con los pensamientos de Dios, que su querer es un que­rer junto con Dios. Estando ínti­ma­mente penetrada por la Pala­bra de Dios, Ella puede llegar a ser madre de la Palabra encar­na­da. Esta familiaridad con el mis­terio de Jesús es facilitada por el rezo del Rosario, donde: el pueblo cristiano aprende de María a con­templar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profun­di­dad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abun­dantes gracias, como recibiéndo­las de las mismas manos de la madre del Redentor” (Documento de Aparecida, # 271).

MARÍA Y CUATRO ACTITUDES DE LOS DISCÍPULOS
“Con los ojos puestos en sus hijos y en sus necesidades, como en Caná de Galilea, María ayuda a mantener vivas las actitudes de atención, de servicio, de entrega y de gratuidad que deben distinguir a los discípulos de su Hijo. Indica, además, cuál es la pedagogía para que los pobres, en cada comuni­dad cristiana, se sientan como en su casa. Crea comunión y educa a un estilo de vida compartida y so­li­daria, en fraternidad, en atención y acogida del otro, especialmente si es pobre o necesitado. En nues­tras comunidades, su fuerte pre­sen­cia ha enriquecido y seguirá enriqueciendo la dimensión ma­ter­na de la Iglesia y su actitud acogedora, que la convierte en casa y escuela de la comunión y en espacio espiritual que prepara para la misión” (Documento de Aparecida, # 272).

EL DISCÍPULO ES UN APASIONADO DE CRISTO
“El itinerario formativo del segui­dor de Jesús hunde sus raíces en la naturaleza dinámica de la persona y en la invitación personal de Jesu­cristo, que llama a los suyos por su nombre, y éstos lo siguen porque conocen su voz. El Señor despertaba las aspiraciones pro­fun­das de sus discípulos y los atraía a sí, llenos de asombro. El seguimiento es fruto de una fasci­nación que responde al deseo de realización humana, al deseo de vida plena. El discípulo es alguien apasionado por Cristo, a quien reconoce como el Maestro que lo conduce y acompaña” (Documen­to de Aparecida, # 277).

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