Mil reflexiones cortas

Julio 20, 2008

Monseñor Ramón Benito De la Rosa y Carpio

CINCO ASPECTOS EN LA FORMACIÓN DE DISCÍPULOS MISIONEROS
“En el proceso de formación de discípulos misioneros, destacamos cinco aspectos fundamentales, que aparecen de diversa manera en cada etapa del camino, pero que se compenetran íntimamente y se alimentan entre sí (Documento de Aparecida, # 278):

a) El Encuentro con Jesucristo. Quienes serán sus discípulos ya lo buscan (cf. Jn 1, 38), pero es el Señor quien los llama: “Sígueme” (Mc 1, 14; Mt 9, 9). Se ha de descubrir el sentido más hondo de la búsqueda, y se ha de propiciar el encuentro con Cristo que da origen a la iniciación cristiana. Este encuentro debe renovarse constantemente por el testimonio personal, el anuncio del kerygma y la acción misionera de la comunidad. El kerygma no sólo es una ­etapa, sino el hilo conductor de un proceso que culmina en la madurez del discípulo de Jesu­cristo. Sin el kerygma, los demás aspectos de este proceso están condenados a la esterilidad, sin corazones verdaderamente con­vertidos al Señor. Sólo desde el kerygma se da la posibilidad de una iniciación cristiana verdadera. Por eso, la Iglesia ha de tenerlo presente en todas sus acciones.

b) La Conversión: Es la res­puesta inicial de quien ha escu­cha­do al Señor con admiración, cree en Él por la acción del Espíritu, se decide a ser su amigo e ir tras de Él, cambiando su forma de pensar y de vivir, aceptando la cruz de Cristo, consciente de que morir al pecado es alcanzar la vida. En el Bautismo y en el sacramento de la Reconciliación, se actualiza para nosotros la redención de Cristo.

c) El Discipulado: La persona madura constantemente en el conocimiento, amor y segui­miento de Jesús maestro, pro­fundiza en el misterio de su persona, de su ejemplo y de su doctrina. Para este paso, es de fun­damental importancia la catequesis permanente y la vida sacramental, que fortalecen la conversión inicial y permiten que los discípulos mi­sioneros puedan perseverar en la vida cristiana y en la misión en medio del mundo que los desafía.

d) La Comunión: No puede haber vida cristiana sino en co­munidad: en las familias, las parro­quias, las comunidades de vida consagrada, las comunidades de base, otras pequeñas comunidades y movimientos. Como los primeros cristianos, que se reunían en comu­nidad, el discípulo participa en la vida de la Iglesia y en el encuentro con los hermanos, viviendo el amor de Cristo en la vida fraterna soli­daria. También es acompañado y estimulado por la comunidad y sus pastores para madurar en la vida del Espíritu.

e) La Misión: El discípulo, a medida que conoce y ama a su Señor, experimenta la necesidad de compartir con otros su alegría de ser enviado, de ir al mundo a anunciar a Jesucristo, muerto y resucitado, a hacer realidad el amor y el servicio en la persona de los más necesi­tados, en una palabra, a construir el Reino de Dios. La misión es inse­parable del discipulado, por lo cual no debe entenderse como una etapa posterior a la formación, aunque se la realice de diversas maneras de acuerdo a la propia vocación y al momento de la maduración humana y cristiana en que se encuentre la persona”.

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