DOS MINUTOS: La fuente de la alegría
Julio 27, 2008
A eso de las dos de la tarde, en medio de un molesto calor sofocante, iba mi amigo M.D. camino a su oficina.
Por suerte para él su carro tiene un buen aparato acondicionador de aire, aunque ni aun esto parecía ser suficiente para hacerlo sentir cómodo.
Mientras esperaba que un semáforo rojo cambiara a verde, alcanzó a ver en una esquina a un hombre que cargaba cosas en un triciclo. Le reconoció: era su amigo Francisco, así que bajó el vidrio y lo saludó amablemente.
Y estemos alegres con él hoy, porque la mayor felicidad de un padre es ver a sus hijos alegres y unidos.
Al oír el saludo y ver a M.D., la cara de Francisco pareció iluminarse: -“¡Hola amigo! ¡Qué gusto me da verlo!”, le dijo, mostrando una enorme sonrisa.
A M.D. le llamó la atención la alegría de Francisco, cuyo triciclo, naturalmente, no tenía acondicionador de aire. Cuando arrancó en su carro, observó por el espejo retrovisor aquella figura jovial y risueña diciéndole adiós animadamente. Y pensó: “¿Cómo es posible que este hombre, pedaleando un triciclo, esté más feliz que yo, en un carro refrigerado…?
Y me contó que Francisco ese día, sin proponérselo, le ayudó a hacer un descubrimiento fundamental, y es el siguiente: LA FELICIDAD NO DEPENDE DE LO QUE SE TIENE.
Digo yo que este es un descubrimiento fundamental porque, quien no ha descubierto esto, vive afanado dando palos en el aire, y quejándose de todo y de todos.
¿Cuál es entonces, la única auténtica fuente de la felicidad?
El evangelio de hoy (Mateo 13, 44-52) nos da una respuesta sumamente sencilla. Tan sencilla, que las personas complicadas no pueden entenderla.
Dice que un hombre descubrió un tesoro escondido en un campo y “lleno de alegría, fue a vender todo lo que tenía, y compró el campo aquel” (Mateo 13,44)
Según esto, la clave de la alegría es algo que hay que descubrir, porque está escondido.
Pero hay algo más: también según esto, parece que lo que causa la felicidad no es lo que uno tiene, sino lo que ha llegado a saber que tendrá, porque el hombre estaba feliz porque ya había encontrado el tesoro, aunque todavía no lo poseyera plenamente.
Lo que sucede es que estamos hablando nada más y nada menos que de la eliminación de eso que llamamos muerte. El reino de Dios implica nuestra participación en la vida de Dios, lo cual garantiza de modo absoluto que nuestra existencia no tendrá fin, sino que se transformará en otro tipo de vida mucho más plena y feliz que ésta, la cual no tendrá término. La posesión de este tesoro da muerte al miedo a la muerte.
¿Puede haber algo más valioso que esto…? Pido a Dios que nos ayude a usted y a mí a descubrir este tesoro escondido cada día más plenamente, tanto con la mente como el corazón.
NOTA:
Si usted tiene su padre vivo, hágale hoy el mejor regalo: dígale “te quiero, papá”. Ninguna otra cosa lo hará sentir mejor. ¿Se encuentra esto fácil…? Pues hágalo a ver si puede.
Y estemos alegres con él hoy, porque la mayor felicidad de un padre es ver a sus hijos alegres y unidos. Entretanto, pidámosle hoy a nuestro Padre Dios que nos ayude a descubrir el tesoro escondido de su amistad íntima, fuente de la única auténtica alegría.
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