HOY ES DOMINGO: Nuestro tesoro

Julio 27, 2008

Vivimos en la época del mercado. Todo se compra y todo se vende. Pero ¿aparecerá alguien capaz de vender todo sólo para comprar el reino de Dios? Permítanme dudarlo. Más fácil nos compramos un carro del año, un juego de prendas, un apartamento de lujo o una mansión en Punta Cana. ¿Y Dios? Muy bien, gracias. 

Esto quiere decir que no hemos aprendido a discernir. Confundimos comodidad con felicidad y lo inmediato con lo eterno. Con esto no quiero decir que nos olvidemos de las cosas necesarias para vivir dig­na y cómodamente. Simple­mente quiero hacer notar que nuestras prioridades a veces no coinciden con las de Dios. El reino de Dios es el valor funda­mental, causa de verdadera ale­gría y fuente de toda felicidad. Recordemos que hay una dife­rencia muy grande entre como­didad y felicidad; y otra mucho más abismal aún entre felicidad visible y felicidad invisible. La primera nos la da las cosas materiales; la segunda sólo Dios.  

La sociedad de consumo confunde placer con felicidad. Por eso confunde los tesoros. Es decir, confunde lo que vale con lo que cuesta. Se preocupa por satisfacer nuestros deseos inmediatos: un carro último modelo, el celular de moda, los zapatos de marca. Todo eso nos da una felicidad visible. Que se puede comprar hasta con rebaja o a crédito. Pero Dios nos da una felicidad invisible, la cual “se alimenta de esas reservas profundas del ser que ascienden a la superficie cuando consi­gues dar un sentido a la vida, hasta en medio de la peor de las desgracias” (Juan Arias). En medio de la desgracia el carro sólo te sirve para trasladarte, el celular para comunicarla y los zapatos para no andar descalzo. Todo eso muy bien lo podrías hacer con otro carro, otro celular y otros zapatos. 

Juan Arias nos ha dicho de las felicidades invisibles que “son aquellas que no están hechas de objetos ni realizacio­nes concretas, pero ofrecen la irresistible fascinación de que pueden convivir con el dolor y la tragedia, lo cual es práctica­mente imposible para las felici­dades visibles, que concluyen en el momento mismo en que nos asecha un sufrimiento.” ¿Qué hace un inválido con unos zapatos de moda? ¿Un sordo con un celular? ¿Un cie­go con un carro último modelo? 

Sí pueden hacer mucho con un corazón lleno de Dios. Pue­den encontrar razones para vivir y para luchar. Razones para no derrotarse. Pueden tener razones para que sus emociones no decaigan y cana­lizarlas como una fuente de felicidad. Pueden mantener viva la fe en ellos mismos. Pueden mantener encendida la esperanza. Pueden verse rodea­dos de amigos, los cuales po­drían ser la mayor felicidad in­visible. Ellos, cuando son sin­ceros, siempre están a nuestro lado compartiendo nuestras alegrías y nuestros dolores. 

El que tiene su corazón lleno de Dios ha encontrado el mayor de todos los tesoros. El es  la mayor fuente de felici­dad invisible porque hace que nuestra conciencia esté tran­quila y podamos dormir en paz. ¡¿Quién no quisiera vivir, dor­mir y morir en paz?! ¡Ese es un gran tesoro! ¡Dichoso el que quiera vender todo para com­prarlo! 

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