Mil reflexiones cortas

Agosto 4, 2008

Monseñor Ramón Benito De la Rosa y Carpio

EL DISCÍPULO Y LA
INICIACIÓN CRISTIANA
“Ser discípulo es un don destinado a crecer. La iniciación cristiana da la posibilidad de un aprendizaje gradual en el conoci­miento, amor y segui­mien­to de Jesucristo. Así, forja la identidad cristiana con las convicciones fundamentales y acompaña la búsqueda del sentido de la vida. Es necesario asumir la dinámica catequética de la inicia­ción cristiana. Una comunidad que asu­me la iniciación cristiana renueva su vida comunitaria y despierta su ca­rác­ter misionero. Esto requiere nuevas actitudes pastorales de parte de obispos, presbíte­ros, diáconos, per­sonas con­sagradas y agentes de pastoral” (Documento de Apareci­da, # 291).

“Como rasgos del discípulo, al que apunta la iniciación cristiana destaca­mos: que tenga como centro la persona de Jesucristo, nuestro Salvador y plenitud de nuestra humanidad, fuen­te de toda madu­rez humana y cristiana; que tenga espíritu de oración, sea amante de la Palabra, practique la confesión frecuente y participe de la Euca­ristía; que se inserte cordialmen­te en la co­munidad eclesial y social, sea solidario en el amor y fervoroso mi­sionero” (Documento de Aparecida, # 292).

LA FAMILIA PRIMER LUGAR PARA LA
INICIACION CRISTIANA
“La familia, patrimonio de la hu­manidad, constituye uno de los teso­ros más valiosos de los pueblos latinoamericanos. Ella ha sido y es espacio y escuela de comunión, fuente de valores humanos y cívicos, hogar en el que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente. Para que la familia sea escuela de la fe y pueda ayudar a los padres a ser los primeros catequistas de sus hijos, la pastoral familiar debe ofrecer espacios formativos, materiales catequéticos, momentos celebrativos, que le permitan cumplir su misión educativa. La familia está llamada a introducir a los hijos en el camino de la iniciación cristiana. La familia, peque­ña Iglesia, debe ser, junto con la Parroquia, el primer lugar para la iniciación cristiana de los niños. Ella ofrece a los hijos un sentido cristiano de existencia y los acompaña en la elaboración de su proyecto de vida, como discípulos misio­ne­ros”.(Documento de Aparecida, # 302).

FORMACION DE LOS HIJOS COMO DISCÍPLOS DE
JESUCRISTO
“Es, además, un deber de los padres, especialmente a través de su ejemplo de vida, la educación de los hijos para el amor como don de sí mis­mos y la ayuda que ellos le presten para descubrir su vocación de servicio, sea en la vida laical como en la consagrada. De este modo, la formación de los hijos como discípulos de Jesucristo, se opera en las experiencias de la vida diaria en la fami­lia misma. Los hijos tienen el derecho de poder contar con el padre y la madre para que cuiden de ellos y los acompañen hacia la plenitud de vida. La catequesis familiar, implementada de diversas maneras, se ha revelado como una ayuda exitosa a la unidad de las familias, ofreciendo además, una posibilidad eficiente de formar a los padres de familia, los jóvenes y los niños, para que sean testigos fir­mes de la fe en sus respectivas comunidades” (Documento de Aparecida, # 303).

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