Un Misionero Ciego
Enero 22, 2009
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La discapacidad visual no impide el logro de objetivos
Por Ángel Espinal Martínez
PRIMERA PARTE
La discapacidad visual no impide que muchos logren sus objetivos, tal es el caso del sacerdote del que hablamos a seguidas. Este ser humano venció una barrera física para lograr su vocación, ser misionero y servir a Cristo:
Fabio Gilli, misionero italiano, fue perdiendo la vista progresivamente hasta quedarse ciego, pero sigue proclamando el Evangelio a pesar de su discapacidad. Él mismo cuenta su testimonio en primera persona.
“Recuerdo que era todavía niño cuando hablé con mi madre sobre el deseo de ser misionero. La idea me había surgido al escuchar las explicaciones de un sacerdote que había venido a la escuela a hablarnos de Jesús y de Daniel Comboni. Era el año 1947 y ya tenía problemas con la vista, pero todavía veía lo que estaba lejos.
Mi madre me atendió y dijo preocupada: “No tienes bien los ojos, tendrás que aprender muchas lenguas y además dejar tu pueblo; el camino de la misión es una vida difícil”. Yo la escuchaba, pero no me dejaba convencer.
Un día, mientras estaba en la iglesia todo absorto, se me acercó el párroco y me preguntó por qué rezaba. A esa pregunta tan sencilla respondí con toda simplicidad: “Quiero ser misionero”. Así comenzó mi aventura”.
Entrada en el Seminario
En el mes de julio de ese mismo año, en un hermoso día de sol y acompañado por el párroco visité a los misioneros combonianos y éstos me animaron en mi propósito. Mi padre, que no sabía nada, se puso muy nervioso al conocer la noticia. Mi madre se agobió un poco, pero luego se organizó para enviarme al seminario con las pocas cosas que necesitaba.
La aventura había comenzado. Pasé más de 40 días muy feliz en Segonzano, en las montañas del Trentino, una región del norte de Italia donde los combonianos pasaban los días de verano. Fueron semanas inolvidables.
Trascurridos esos días, el superior, P. Giorgio Canestrari, me dijo que regresara con mi familia. Estábamos a inicios de septiembre cuando volví a casa para prepararme y partir definitivamente el 1 de octubre de 1947. El primer año estuve en el pueblo de Fai; los siguientes, en Muralta. Para los estudios de educación secundaria fui a Brescia, al Instituto Comboni, y terminada esta etapa me marché a Florencia, donde hice los dos años de noviciado.
Durante estos años de formación no faltaron las dificultades, pruebas que me templaron y más tarde se revelaron providenciales porque me prepararon para la vida de la misión. En Cristo encontré verdaderamente al compañero de mi vida.
Después de los dos bonitos años transcurridos en el noviciado, mis superiores me enviaron a Verona para los estudios de Filosofía. Luego vendrían los estudios de Teología en Venegono, cerca de Milán, entre 1959 y 1963. Esos años también fueron hermosos, llenos de paz y serenidad, aunque mis ojos comenzaban a darme problemas.
En 1956 un médico de Verona me diagnosticó una enfermedad en los ojos, la retinitis, que me conduciría inevitablemente a la discapacidad visual. A pesar de todo pude continuar con los estudios y terminar todos los exámenes, aunque con mucha dificultad. En 1963 fui ordenado sacerdote.
Camino a la misión
De 1963 a 1965 fui a Barolo, provincia de Cuneo, en Piamonte, donde había un seminario menor con unos 70 chicos. Allí hacía un poco de todo: era profesor, subdirector y vicario de la comunidad, hasta que llegó la ansiada carta del superior provincial en la que me anunciaba mi destino a Togo. Sin embargo, primero debía trasladarme a Francia durante unos meses para aprender el francés.
Finalmente salí en barco rumbo a Lomé, la capital de Togo, en la costa occidental de África. Era el 16 de diciembre de 1965. Pasamos la Navidad en el barco: hubo una bellísima celebración en medio del inmenso océano Atlántico. A bordo íbamos 32 misioneros y misioneras.
Al principio fui a una misión con sacerdotes diocesanos para relacionarme con las personas y conocer los problemas del lugar, que eran también de tipo práctico. El compromiso principal era aprender la lengua local, ya que no había libros, ni textos ni método.
Durante los primeros meses me dediqué a aprender: estaba siempre entre los niños de educación primaria, les hacía preguntas, intentaba responder, trataba de asistir a la catequesis impartida en su lengua, intenté aprender lo más posible y después de unos meses, cuando me presenté a los exámenes, logré superarlos.
El éxito fue grande y entré a formar parte de la comunidad de Lomé, con el Hermano Nevio y los Padres Mario Piotti y Francesco Cordero
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