Padre Pablo: Secuestrado, torturado, pero siempre fiel al Maestro

Enero 24, 2009

Fueron días de terror en Guatemala

En la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, su E. R., monseñor Rafael Leónidas Felipe Núñez, dejó formalmente iniciado el Año Sacerdotal, declarado por su Santidad, el Papa Benedicto XVI, para conmemorar el 150 aniversario de la muerte Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars. Participaron sacerdotes de las diferentes parroquias, acompañados de una nutrida delegación de fieles.

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P. Pablo Schildermans

Monseñor Rafael Felipe dedicó parte de la homilía a los temas del amor, la fidelidad y la oración:
EL AMOR que brota del Sagrado Corazón de Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, traspasado por la lanza de la injusticia, el dolor y que al mismo tiempo revela la bondad y el amor infinito de Dios a los seres humanos.
LA FIDELIDAD, que es el lema de la clausura del Año Sacerdotal. Fidelidad de Cristo, Fidelidad del Sacerdote…
“Tenemos la dicha de tener un Dios que se revela como el Dios fiel a las promesas a su pueblo. Es una de las cualidades de Dios más afirmadas en toda la Escritura. Es el mayor atributo de Dios que se asocia con frecuencia a su bondad paternal. Es la prueba de su eterno e invariable amor.” Puntualizó el Prelado.
De ese mismo modo ponderó la fidelidad de Cristo a la Voluntad del Padre, a sus discípulos, al Pueblo y a Sí Mismo, realidad que lo llevó a actuar apegado a sus principios, valores, criterios y estilos de vida, sobre todo a la hora de enfrentarse a las tentaciones, dificultades, abandono, traición, incomprensiones, persecuciones y a la misma muerte en la cruz.
LA ORACIóN, dice el Sr. Obispo, para pedirle a Dios la Gracia de la fidelidad, esa que necesariamente debe llevar a los sacerdotes a serles fieles a Dios y a los hombres.
Por eso, Mons. Felipe, exhortó a los sacerdotes presentes, a que dediquen tiempo a la oración como lo hizo Jesús… “Como Jesús, el discípulo y sacerdote necesitan vigilar y orar para no caer en la tentación.” Agregó.
Al concluir la homilía, Mons. Felipe pidió al P. Pablo Schildermans, sacerdote C.I.C.M., compartir su testimonio sacerdotal con sus compañeros y con la comunidad. El religioso gustosamente expresó:
“Hice mis estudios secundarios en el Seminario Menor de la Diócesis. Éramos unos 40 jóvenes que empezamos a la edad de 12 años. De los 20 estudiantes del último año del Seminario Menor fui el único que optó por el sacerdocio, pidiendo el permiso para entrar en la Congregación Misionera, en los tiempos difíciles post-conciliares de los años 1967-1968.
Después de siete años, fui ordenado sacerdote y enviado a Guatemala. Por casi ocho años trabajé en la costa Sur de ese país, la región más rica por sus grandes extensiones de terreno dedicados al cultivo de la caña de azúcar, algodón y ganado, pero al mismo tiempo la región con más problemas sociales: la explotación de los obreros y campesinos, sueldos de miseria, desnutrición de los niños…
El trabajo pastoral consistía en visitar cada día una o dos comunidades rurales: leer un tema bíblico y aplicarlo a la vida de la gente. Nosotros llamamos estos grupos de reflexión “Familia de Dios” (precursor de lo que serían más tarde las Comunidades Eclesiales de Base.)
Yo veía que las reflexiones despertaban la conciencia de los/las campesinos/as, pero que no podía hacer mucha cosa para cambiar su situación de miseria y abandono.
Pronto entendí que la gente tenía necesidad y derecho a organizarse. Ayudé a formar Ligas Campesinas y Sindicatos de Obreros en los cinco ingenios que había en el territorio de la parroquia. La organización fue creciendo por toda la costa Sur y también en el Altiplano guatemalteco, de donde venían los indígenas a cortar caña y algodón.
Eran los tiempos de la dictadura militar y nuestro trabajo social no quedó desapercibido. Los terratenientes y militares vieron en él una amenaza para su riqueza fácil. Fuimos tildados de comunistas y pronto fueron asesinados líderes campesinos, obreros, pero también cayeron los primeros sacerdotes.
En el vecino país, El Salvador, fue asesinado Monseñor Oscar Arnulfo Romero y unas semanas después fue secuestrado el compañero Conrado De la Cruz, CICM, Filipino y párroco de una parroquia vecina. Nunca más hemos sabido de él. Unos días después le tocó al cura de nuestra parroquia el Belga Walter Voordeckers quien fue asesinado vilmente a unos metros de la iglesia parroquial.
El obispo nos apoyó en estos momentos duros y asumió valientemente su papel de pastor en contra de los que querían silenciar la voz de la Iglesia a través del asesinato de catequistas, religiosas y sacerdotes. Nos pidió uno por uno si queríamos quedarnos en la parroquia aunque entendía que algunos se fueran porque habían recibido fuertes amenazas en contra de su persona. Unos ocho sacerdotes nos quedamos y el Obispo nos asignó una parroquia según su criterio.
Acepté ser nombrado en la parroquia de la Nueva Concepción a unos 70 kms. al suroeste, de donde había estado antes. Me dediqué a la visita de más de 30 comunidades y la formación de los catequistas.
El día 4 de enero del 1982 fui secuestrado por el ejército y sacado de la casa curial, junto con un joven sacerdote que estaba de visita. Después de tres días de torturas, más psicológicas que físicas, nos tiraron frente a la Nunciatura, ciudad de Guatemala, (150 kms. al Norte). Gracias a Dios, estábamos vivos. Después me quedé dos años trabajando en una Diócesis en Bélgica.
Como era misionero, fui enviado en 1984 a estas tierras dominicanas. Tengo 25 años trabajando en este País. Después de 35 años de sacerdocio, me voy ahora a Roma para un año sabático, no para retirarme, sino para refrescar un poco mis conocimientos bíblicos, y así servir mejor al pueblo en mi nueva misión.

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